LIBERADA.Constanza Fernández.Capítulo 1Esta es mi historia, y cualquier parecido con la realidad puede resultar coincidente, respuesta a estupefacientes o al alcohol en mi sangre. No lo sé. Pero la idea es que la disfrutes como si fuese una historia más de esas que te encantan, que te hacen llorar, sonreír y ponerte nerviosa. Y sí, con esto estoy esperando a que te sientas exactamente igual que yo cuando empecé a vivirla.
Dicen que todos tenemos una historia de vida que acarreamos y por ello, ¿cómo podemos juzgar a alguien por las acciones que comete? Al menos yo no era del tipo que solía hacerlo, hasta que mi perfecta vida de cuento de hadas acabó de sopetón. Sí, igual que cuando un libro se cierra de golpe. Lo peor es que no solo el ruido me apabulló, sino que también las repercusiones que tendría casi me matan. En el sentido emocional por supuesto. Es cierto lo que dicen, que de amor nadie se muere. Digo casi porque bueno…¡no te lo voy a contar! Tienes que estar atenta a lo que voy a escribir a continuación. Recuerda, no juzgues, no recrimines y solo disfruta. Lo malo ya pasó así que la vida continúa y todos nos merecemos ser felices. Todos.
Las mañanas siempre me han parecido increíbles y arrebatadoras. La imagen de una cama de sábanas blancas, dos cuerpos abrazados y un rostro casi perfecto al abrir los ojos es a lo máximo que aspiré. Siempre quise enamorarme de una forma tan alocada que no sería capaz de mirar a ningún hombre como lo haría con mi esposo, y lo conseguí. Bueno, menos lo de la cama porque cuando dos personas viven en un mundo donde lo importante es generar dinero y despertarse temprano para empezar la rutina, todo se vuelve un poco más complicado, y tedioso. Por suerte, o una lástima, nunca quisimos tener hijos y dedicamos nuestra vida a trabajar, salir por las noches y viajar. Viajar mucho. Esa era la vida perfecta y circular, sin asperezas ni problemas.
El tema de la maternidad nunca me llamó mucho la atención, y el hecho de que Patrick no pudiese tenerlos no fue impedimento para estar juntos y formar una familia. Porque…las familias pueden ser de a dos también, ¿no? Así que dejamos atrás nuestra vida universitaria en Canadá y viajamos a New York donde los sueños se hacen realidad. ¡Aquí vamos, Estados Unidos! Estaba emocionada; sueños y más sueños listos para salir libres.
El comienzo fue sencillo. Patrick es médico especialista en cirugías plásticas y venir aquí fue un boom en su carrera. Trabaja desde las ocho de la mañana y vuelve a casa a eso de las nueve de la noche. Yo, por otro lado, estudié relaciones públicas y durante un tiempo estuve trabajando para senadores y empresarios que buscaban ampliar el rango de popularidad. También ayudé en muchos discursos y mi fama me ha llevado a tener una columna en el New York Times. Es un trabajo interesante y entretenido, aunque tengo que admitir que estar escribiendo muchas horas me genera dolores en los dedos y espalda. Digo fama para sentirme mejor. Es un trabajo de mierda.
Compartimos una bonita casa en un sector acomodado y perfecto. Tengo un espacio para mi sola en una habitación donde un escritorio modular de metal está en un rincón, al lado de la ventana, en donde puedo escribir cuando desee para adelantar trabajo, y un estante repleto de libros. Me encanta leer desde que tengo memoria y aprendí a hacerlo. De eso varios años como podrás empezar a sacar cuentas. ¿No sabes cuántos tengo aún? Treinta y tantos. Y me siento muy orgullosa de ellos.
Me muevo por la cama y choco con unos pies que están enredados entre los míos. Los corro de una patada y me vuelvo hacia el otro lado. Detesto cuando Patrick tiene la maldita costumbre de correrse hacia mi lado, porque ronca. Es como tener un león enjaulado en tu propia habitación y como se niega a hacer un tratamiento para acabar con el molesto ruido, yo no escatimo en moverlo, gritarle y hasta darle algún que otro manotazo.
—Estoy segura que tener ese despertador no es para nada legal. —apoyo las palmas calientes en mis ojos y refriego con lentitud.
Si hay algo que odie más en este mundo, más que el café helado, es que el maldito teléfono suene y él no sea capaz de apagarlo. Por respeto, mínimo, pero no lo toma en cuenta. Si se levanta él, me toca seguirle los pasos.
—Joder…parece que he dormido menos que ayer.
—Imagínate cómo me estoy sintiendo yo. —pongo los ojos en blanco.
—Creo que tengo la solución para ese mal humor…
Cuando le observo por el rabillo del ojo veo que gira su cuerpo y se hace encima de mí, igual que un animal que saluda a su dueño o a un trabajador del zoológico. Es tan poco delicado que hasta pensaría que lo único que nos une a estas alturas, después de diez años de casados, es el sexo. Apoya sus labios en mi cuello y me besa. Es un beso húmedo y molesto que más que provocarme ganas de arrancarle la ropa me genera deseos de tirarle la lengua fuera de la boca y cortarla con unas tijeras de tela. La idea no me parece tan espeluznante después de todo, pero como siempre solo la desecho. Me he acostumbrado a tener pensamientos medio suicidas y después reírme del momento.
—Y yo creo que tienes que ir a trabajar…—echo la cabeza hacia un costado e intento quitármelo de encima, pero nada. No funciona.
—Vamos, Cassandra. No seas aguafiestas. —su tono de voz es gélido e intimidante.
Me quedo de una pieza porque desde hace mucho tiempo que no escuchaba mi nombre completo en sus labios, menos con esa agresividad. No me muevo y solo me quedo ahí, igual que una muñeca inflable dispuesta para nada más que el placer. Al mirarle noto que la amabilidad y el hombre cariñoso de algunas mañanas no es el que se presentará hoy, sino que todo lo contrario. Trago saliva y empiezo a respirar entrecortado.
—¿Ves? Eso es lo que te gusta, mujer. —mueve su pelvis contra mi entrepierna, habiéndome separado los muslos para hacerse ahí.
No conforme con lo que hace vuelve a arremeter con sus labios en dirección a mi escote. Deja una estela de saliva que choca con su respiración caliente pero que en mi piel es gélida, poco familiar, y baja los tirantes del camisón que traigo encima hasta que se encuentra de frente con mis pechos. Noto que relame sus labios y va dispuesto a probarlos, a reprocharlos como suyos y en teoría no es tan descabellado aunque yo sé que no tengo que verme como una cosa. Pero así es como me hace sentir. Cierro los ojos cuando sus dientes presionan con fuerza mi pezón. El dolor se desborda por todo mi cuerpo y lejos de sentir placer creo que me dejará una marca que permanecerá en mi níveo cuerpo por varios días, o semanas. En vez de arquearme como una diosa en busca de más placer sobre la cama, me estoy encogiendo contra el colchón para así no sentirle cerca.
—Vamos, será rápido y placentero para los dos. —gruñe.
Sus dedos arañan mis brazos cuando se hace con la prenda y la enrolla en mi cintura. No conforme con eso la retira por completo; tira de mis piernas y las deja caer contra la cama sin un toque cariñoso o de preocupación. La ternura no es algo que se encuentre en sus acciones, menos en su rostro. Ya desnuda y con solo las bragas puestas corre hacia un costado la parte que tapa mi intimidad y mete dos dedos en mi interior. Ahogo un quejido pero él lo toma por el otro camino y hace movimientos bruscos contra mis paredes. Es como si me estuvieran arañando por dentro y lejos de entregarme y relajarme, lo único que consigue es ponerme mucho más nerviosa. Estoy tensa. No es la primera vez que actúa así, pero no me sorprendo. No debería. Es normal, ¿no? Sí, es normal. Soy yo la que tiene el problema por no sentir nada, por no excitarme. Pero en el fondo sé que no soy yo. Es él.
El medio y el índice se adentran todo lo que les es posible y mi clítoris recibe los azotes de su pulgar en cuando cree que me provoca placer. Pero una vez más se equivoca. No sé si es por todas las películas porno que ha visto, pero puedo dar testimonio de que esto no pone a la mayoría de la población femenina. Aunque a él sí. Y parece que mucho. Deja a la vista su miembro, uno prominente o eso es lo que creo ya que no he visto otro desde que me casé, y se hace en mi interior con fuerza, sin lubricar. Me duele. Me paraliza.
Adentro, afuera, más rápido, más duro. Gime, yo finjo. Me aprieta contra su cuerpo y yo me dejo. Cierro los ojos y ya está. Me olvido de que estoy de espalda en la cama y que tengo a semejante animal encima de mí. Cuento los minutos hasta que termine de torturarme y cuando por fin siento que llega al orgasmo el alma me vuelve al cuerpo. Regreso a la realidad y abro los ojos. Le veo sudoroso, cansado y complacido. O eso cree.
Deja un beso en mi mejilla y decide seguir adelante con su vida. Se pone de pie y se mete a la ducha. Yo, me envuelvo entre las sábanas y apoyo la cabeza contra la almohada. Esperaré a que se vaya para levantarme y empezar mi día. No podría seguir peor y eso me da esperanzas.
Capítulo 2—Nos vemos por la noche, cielo.
Deja un beso en mi cabeza y posterior a eso le oigo salir por la puerta en dirección abajo. Luego escucho el sonido de la chapa y finalmente el motor. Puedo respirar tranquila y en paz. Se ha ido. Tengo unas cuantas horas antes de armar mi dignidad otra vez y verle llegar por la puerta. Entrecierro los ojos unos segundos. Ojalá haberle hecho caso a mi madre cuando me dijo que era demasiado apresurado formalizar con Patrick. Que aunque fuese un encanto por dentro tenía que conocer sus demonios, sus mañas como solía decir sin tapujos. Y ahí es donde me equivoqué. A veces preferiría que no me echara tanto la sal porque siento que el Universo se alinea con ella para darle la razón cada que me advierte de algo. Debe ser un poder, porque pocas personas lo tienen.
Frente al espejo del baño me miro las marcas en los brazos. Tendré que usar una blusa manga larga para que no se noten las huellas de su andar por mi cuerpo, y en el fondo agradezco la temperatura que hay afuera. Fría, como mi estado de ánimo. Me vería como una completa tonta de no ser así. Los muslos me duelen al igual que mi interior. Necesito una ducha lo más rápido posible. Apenas y me toco para pasar la esponja por mi anatomía y quitarme parte de los vestigios del encuentro.
Antes solía disfrutar de mi cuerpo, pero poco a poco empecé hasta a verlo como algo malo. Como un pecado si es que no era junto a mi esposo o más bien él tomando el control. Nunca he estado con otra persona que no fuese él, ni siquiera con Alessandro. Niego ante los pensamientos que empiezan a cruzar por mi cabeza y termino la ducha en menos del tiempo esperado. Me pongo una falda gris de tubo con unas medias color piel y unos tacones rosa pálido que hacen juego con la blusa que uso. Encima de todo un abrigo negro. El maquillaje es sencillo, cuidadoso y natural. Nunca me ha gustado abusar del mismo.
Pronto dejo de pensar ese nombre tan distante pero por igual inquietante, burbujeante. Ni sé por qué estoy pensando en él ni tampoco le doy importancia.
Pego un grito en el marco de la puerta al darme cuenta de la hora que es. ¡Estoy casi en la hora para entrar! ¡Mierda! Maldigo en voz alta mientras piso los peldaños de la escalera como si tuviese la misión de reventar uvas para crear vino, con frenesí, y tecleo el número del periódico para llamar. Agatha es la que me responde.
—¡Cass, joder! —parece que está con la mano en su boca porque susurra y apenas le entiendo—. ¿Qué es lo que estás haciendo que no llegas?
—Dios…estaba bien en la hora… —cierro la puerta y me dispongo a caminar hacia la calle principal.
Siempre me pido un Uber pero no tengo tiempo de esperar hasta que uno se cruce en esta ruta. Es difícil hallarlos. Tengo que caminar unas cuadras.
—¡Tienes que llegar a la hora o tendrás problemas! —intenta controlar su ofuscado tono de voz pero no lo consigue.
—Lo sé, lo sé…nos vemos. Avisa que he tenido un problema. —corto antes de que me siga distrayendo.
Camino. Camino. Camino. Pero nada. No hay un maldito Uber en el sector y los pies me escuecen como si estuviera andando por el desierto. Esta es la parte donde me pongo a gritar en medio de la calle para atrapar un taxi, pero me contengo. Suspiro y echo varias maldiciones al cielo. A Patrick, por cambiar de esa forma conmigo y comportarse como un animal, y también por haberme dejado distraer con tanta facilidad. No es justo.
Es las nueve y media de la mañana y recién estoy llegando al centro de la ciudad, frente a Central Park. Pago el viaje y me dirijo a un Starbucks. Lo que menos quiero ahora es ver a mi jefe. Tengo varias llamadas perdidas de Agatha pero no contesto. No necesito más sermones en mi vida ahora. Quiero un descanso.
En el interior hay una fila de dos personas así que me pongo de las terceras. No tendré que esperar mucho. Miro mis manos de vez en cuando, otras veces los asientos disponibles y después hago el intento de ver el teléfono. Solo consigo ver mi reflejo en la pantalla oscura, incapaz de encenderla para ver las notificaciones. Por fin es mi turno, pido un capuccino vainilla y saco del mostrador una goma de mascar. Pago con la tarjeta de débito y me hago a un costado para ir a esperar al otro lado. Toda la vida es vivir al límite, al parecer. Tienes que trabajar por tener una paciencia de acero si quieres sobrevivir al ritmo de vida que la Gran Manzana te pone por delante.
—¡Cassandra! —el chico tras la barra lee el nombre anotado en el vaso.
Levanto la mano y me acerco. Agradezco con una sonrisa y gesticulo un “gracias” corto y preciso. Cuando me giro hay un par de imponentes ojos azules que me miran con una sonrisa que no llego a entender muy bien. ¿Me estará confundiendo o nos conocemos de algo? ¡Ya sé! Quizás está viendo a alguien más. Me doy la vuelta pero no. Además de las personas trabajando, nadie.
—¿De casualidad eres Cassandra Rowland? —se interpone en mi camino cuando voy a pasar.
—Sí…¿y tú…eres? —mantengo la mano derecha alrededor del vaso.
Me hago a un costado para salir del embrollo que se hace con las demás personas tras nosotros.
—Soy yo. Alessandro. —una radiante sonrisa aparece en sus labios.
Alessandro. Ese Alessandro. Alessandro Hansen. Vale, lo he dicho muchas veces en mi cabeza pero por fuera estoy tan estoica como siempre. Es él, mi ex novio de la universidad.
—¿Alessandro Hansen? —me cuesta decir su nombre sin que las mejillas me ardan.
¡Cálmate, mujer! No tienes dieciocho años para ir coqueteando por ahí con cualquier ex que se aparezca. Pero la verdad es que el jodido condenado tiene el cuerpo de un completo Adonis, de un dios griego y de un guerrero romano, todo junto.
—El mismo. Estás…increíble. —abre sus ojos más de la cuenta y veo cómo se pasa la lengua por los labios.
Ese solo gesto basta para detonar algo en mi interior, para hacerme vibrar. No, no puede ser. No. Control.
—¿Sí? —no me muestro muy convencida con su respuesta—. Tú estás muy bien…digo…te ves bien. —muevo la mano izquierda. Estoy nerviosa.
—¡Alessandro!
La misma voz de antes se hace entre nosotros e interrumpe nuestra conversación. Alessandro me mira y me regala un ligero roce de sus dedos en mi hombro. Dios, por qué no decidí llevar algo menos grueso. Su calor me traspasa y me revuelve.
—Voy por mi pedido. ¿Buscas una mesa para que conversemos? —otra vez esa sonrisa perfecta, diabólica y coqueta.
Estoy llegando tarde al trabajo. Tengo que dar una excusa por llegar retrasada. Necesito ir a trabajar y mantener mi empleo. Agatha no va a estar contenta cuando me vea llegar a esta hora. Mi jefe, su esposo, no estará contento con que aparezca tan flamante y con un café en la mano. Mierda.
No. Cassandra. No. No lo hagas. Te vas a meter en problemas por idiota.
—Sí.
¡Mierda! No tengo idea en lo que me estoy metiendo pero esos intensos ojos azules lograron invadirme de una calma peligrosa e insensata.
—Perfecto.
Una sonrisa más y estoy cayendo a sus pies. No, por favor.
Me muevo entre las mesas hasta encontrar una en la orilla, junto a la pared y lejos del paseo de la gente que sale con su café. No me gusta estar conversando de asuntos tan personales y que entonces los transeúntes me queden mirando o pendientes de lo que tienes en la mesa. Disfruto de momentos íntimos y este es uno de ellos. Poco después Alessandro pone su café en la mesa junto a un rollo de canela en un platillo de porcelana blanca. Se le nota seguro consigo mismo y si bien yo también poseo esa facilidad, no es algo que se traduzca en el plano sexual. Evito esos pensamientos para no ruborizarme porque no tiene nada que ver.
No me había dado cuenta hasta ahora que lo tengo en frente; viste un impecable traje de color gris y una corbata a juego sobre una camisa blanca. Todo su atuendo debe costar más de lo que yo gano en un solo mes y no me sorprende en absoluto. Alessandro Hansen tiene una recorrida carrera en el mundo de la moda. Y no es modelo.
Desde muy joven sintió una pasión irrevocable por la moda y las tendencias de New York y París, sus grandes referentes mundiales. Muchos creían que podía llegar a ser el típico diseñador homosexual que tiene un chihuahua en su bolso y que lo lleva a todos lados, pero Alessandro es el estereotipo de asesor de imagen menos elocuente que te puedes encontrar en una tienda. Poco a poco empezó a buscar formas de ganarse la vida hasta llegar a tener una de las marcas más importantes en el rubro. “Hansen & Co.” hace una gran diferencia entre el buen vestir y simplemente vestir. Y el precio que sus prendas llevan es la línea que separa ambos conceptos. Es un diseñador y empresario de renombre mundial y que ahora mismo esté frente a mí, rodeado de seres comunes y corrientes, bebiendo un café y mostrándome una de sus mejores sonrisas, es para no creerlo. Ni yo misma lo he conseguido del todo.
Apoyo las manos en la mesa y me acaricio los dedos con nerviosismo.
—¿Y qué es lo que me puedes contar de tu vida, Cass? —no evita siquiera acortar mi nombre. Parece que lo disfruta—. No nos hemos visto hace un buen par de años.
—Mucho tiempo, sin duda. —asiento con rapidez.
Pese a la horrible mañana las cosas parecen mejorar a pasos agigantados.
—Veo que estás...casada. —alza una de sus cejas y los ojos se le abren, expresivos y sorprendidos.
Corrijo. Nada está saliendo bien a estas alturas.
—Hm… —me llevo el café a los labios y me quemo por no medir la cantidad que me trago. Entrecierro los ojos y suspiro—. Hace unos años. Con Patrick.
No tiene sentido que siga ocultando mi miserable vida. Menos cuando ya ha visto mi anillo. Un circular fierro que me aprisiona el anular. Qué lindo nombre para el dedo donde va. Anular. Dejar sin efecto. Invalidar. Como mi vida en este momento.
—¿Y eres feliz?
La pregunta me deja con una extraña incertidumbre, con la idea de que lo que sea que responda no será tan bueno para él porque aunque hayan pasado innumerables años y situaciones, Alessandro seguirá siendo capaz de leerme la mente y no sentirse mal por desnudarme.
Capítulo 3—Esa es una respuesta que puede verse desde muchos prismas, Alessandro. No me considero una persona cuya felicidad se encuentre en alguien. —bajo la cabeza con disimulo, fingiendo que estoy observando el diseño de la taza. Es una locura porque es blanca.
Nunca me he sentido bien hablando sobre mi vida personal, menos con alguien que formó parte de ella. Me escruta con facilidad, con transparencia. No estaba preparada para esto.
—Siempre fuiste muy buena para evadir las respuestas, Cassandra. —su tono cambia de manera considerable. Está serio pero no deja esa chispa en sus ojos. Es peligroso y tentador. Pellizca un pedazo de masa y lo lleva a sus labios. Como no hablo traga con apuro y se ayuda del café—. Y sí, de todas formas tienes algo de razón. La felicidad no está en alguien, pero te puede complementar. —enarca una ceja como indagando en sus propios pensamientos—. En todo caso, me imagino que por tu evasión no lo eres.
Sin poder controlarlo, una risa pequeña y frágil escapa de mis labios, tanto que hasta el mismo dios ateniense que tengo al frente de mí se da cuenta y ladea su cabeza confundido por lo que acaba de pasar. Sí, debería decirle que está totalmente equivocado, que mi matrimonio es perfecto y que somos felices y no llorar sobre la poca falta de atención y satisfacción sexual que tengo, que estoy frustrada y que quisiera hacer algo más de mi vida. Que más que el sexo, me falta pasión y entendimiento. Lo más triste de todo es que apenas con treinta y cinco años siento que mi vida se ha echado a correr demasiado deprisa y ya no me queda mucho por hacer más que intentar sostener lo que queda de ella antes de que se derrumbe por completo. En conclusión, lo único que me tiene satisfecha entre comillas, es mi trabajo y ahora dudo poder mantenerlo por quedarme hablando con él. Prefiero no mirar la hora en el reloj para no sentirme peor.
Decido optar por una opción neutra, cosa que no diga que me ha visto mal por ahí o que incluso le llegué a preocupar, pero pronto recuerdo que Alessandro no tiene por qué tener cuidado de lo que a mí me suceda. Hace mucho tiempo que las cosas dejaron de ser de esa forma. Dejamos de hablarnos y cada uno siguió su camino.
Frunzo los labios y suspiro.
—No me quejo ni me conformo, Aless. Los matrimonios no son para nada sencillos y luchar contra la rutina…—pongo los ojos en blanco y fijo la mirada en el anillo—. …es casi imposible que las cosas siempre estén bien. ¿Sabes? —me armo de valor y le veo—. Ambos trabajamos y nuestros horarios muchas veces no coinciden, pero lo vamos llevando bien. Nadie dice que la vida tiene que ser todo felicidad y dulces de algodón. Creo que si fuese así también se convertiría en monótona si todo es siempre igual. —alzo los hombros. Bebo del café que ahora soplo para no quemarme la lengua.
Alessandro se mantiene en silencio, sorprendido y hasta pensativo, y no tengo idea de por qué es. Debe estar pensando que he envejecido al menos diez años más de la edad que tengo y como no, si él se ve hasta más joven de los que tiene, los mismos que yo.
—¿Te conformas con poco? —parece que ha estado callado un siglo entero y cuando lo hace no provoca más que hacerme sentir tensa y preocupada.
—¿Con..formarme? —cierro los ojos y los aprieto hasta que los surcos alrededor se marcan. Abro uno y luego el otro. Tanteo el terreno.
—Eso mismo. Dices que las cosas no siempre están bien, pero tampoco mencionas que en lo mal que lo pasas logran salir adelante juntos. ¿No es eso lo que las parejas tienen que prometerse, Cass? —apoya los codos en la mesa y deja los dedos cruzados. Una cama para que su barbilla descanse.
Lo miro embelesada, como una estúpida fanática y al reaccionar sobre la marcha es que bufo y desvío la mirada hacia un costado. El ventanal me queda demasiado lejos para detener la vista ahí, pero me aferro de las personas que van caminando hacia las mesas y que conversan.
—¿Te has casado, Alessandro?
—No. Sabes bien que yo no creo en una relación firmada para mantener algo importante.
—Entonces no puedes sacar conclusiones sobre lo que las “parejas deberían hacer o no”. Tienes que estar en los zapatos para opinar con objetividad. —muevo los hombros hacia arriba.
—Muy bien jugado, Rowland. Me gusta. —relame sus labios y me sonríe.
Me siento en el mismo infierno y sin haber cometido ningún pecado. Aún.
—No estoy jugando. Sabes que ese no es mi estilo ni nada parecido, pero tampoco me gusta que se juzgue a simple vista. Es un velo demasiado delgado.
—Lo sé. Eres una luchadora nata en cuanto se trata de defender a cualquier costo. —suelta un suspiro. Silencio. Me mira—. No pensé que estarías comprometida a ese nivel.
—¿Por qué? —me muestro un poco ofendida.
Alessandro sonríe y niega con su cabeza. Han pasado los años entre nosotros pero todavía me conoce bien. Tanto así que sabe lo que estoy pensando.
—Nunca hablamos de una relación formal cuando estuvimos juntos, Cass. No parecías la clase de mujer que necesitara ese tipo de compromiso. —parece encogerse de hombros con tanta simpleza que me desborda—. Al parecer estaba muy equivocado con ello.
Se lleva los dedos de la diestra a la cabeza y los mete entre los finos mechones de cabello castaños, casi rubios. Me deja sin aliento con un gesto tan simplón y común en otros hombres que me parece que estoy en los días próximos a menstruar por la sensibilidad que adquiero. Se ve majestuoso; es todo altura y rigidez en la columna vertebral, que le da el toque de importante e inaccesible. Bueno, basta con ver a las personas que lo observan desde todos lados, igual que si estuvieran en presencia del presidente de la nación o un rey conocido.
Suspiro y me tomo el tiempo de negar con la cabeza.
—Algunas cosas han cambiado, Aless. La edad nos cambia. Antes solía ser muy liberal y despreocupada por el futuro. Ahora no.
—¿Tienes miedo a estar sola? ¿Es eso?
—¿Qué?
Mi tono de voz es duro, y casi ni yo consigo reconocerlo al salir de mis labios. Alessandro me observa con el ceño fruncido y con imperturbable calma, una calma que acecha con quebrarse en cualquier momento. Lo noto cuando sus dedos están rozándose al apoyar la zurda sobre la mesa, a un costado del café. De vez en cuando bebe y me mira, expectante a lo que yo tenga por contar. Nadie más tiene derecho a entrometerse en nuestra conversación. Al final le miro hacer una mueca con los labios con disgusto. No sé si es por el tema o por estar perdiendo su tiempo conmigo. Ahora dudo de cualquier cosa.
—No quiero entrometerme en tu vida, Cass. Creo que no tengo ningún derecho a meterme en tu vida privada. —expone con la diestra en el aire, explicando—. De hecho, ni siquiera debería haberme comportado como un intruso haciéndote todas estas preguntas como si fuese un agente del FBI o algo similar. Lo siento. —su tono de voz suena sincero, preocupado y ¿avergonzado?
—No tienes que disculparte.
—Sí, tengo que hacerlo. Pero joder, Cassandra. ¿Qué le pasó a tu vida para terminar así? —estira una de sus manos y la pone sobre la mía. Su tacto es cálido y exquisito, familiar—. Tus ojos ya no brillan de la manera en que solían hacerlo cuando… —mantiene el silencio por una fracción de segundo—. ...cuando estabas conmigo.
Es todo lo que necesitaba oír para que algo en mi interior se derrita como mantequilla en una sartén y con el fuego encendido bajo pero que de todas formas consigue amansar las moléculas que la constituyen. Ese sensual tono de voz, grave y varonil, se cuela en mis oídos y si pudiese tener un orgasmo auditivo en este mismo instante, lo haría sin temor a que Alessandro se diese cuenta. Su preocupación hace que más allá de recordar aquellos momentos preciosos juntos, me sienta querida. Sí, una mujer que lleva casada tantos años recién empieza a explorar el hecho de que alguien tenga real interés por saber cómo se encuentra, qué es lo que siente. Y no es a manos de su esposo, como debiese suceder.
La primera reacción al verlo fue de sorpresa, inquietud, y ahora me doy cuenta por qué. Los años que pasé en este anonimato donde nadie preguntaba de más se rasga como una tela que pasa mucho tiempo al sol y termina por colapsar. Ahí estoy yo, viendo todo mi mundo creado para protegerme, desmoronarse en menos de cinco minutos de charla.
—Alessandro, por favor… —empiezo a decir pero no me deja terminar.
—Dime, ¿Patrick te trata bien?
Capítulo 4—No tengo que conversar esas cosas contigo. No creo que sea pertinente. —musito con la mirada perdida en el vaso de papel.
Parece comprenderlo porque en vez de volver a la carga como habría hecho hace unos cuantos años atrás, ahora asiente y me suelta para dejar sus brazos cruzados delante del café. No es lo que esperaba pero no puedo reclamar un tacto que no me pertenece. Al menos no de esa forma, pese a que me encantaría seguir sintiendo su calor alrededor de mis helados dedos.
Fue como tocar la gloria, pero no es posible perpetuarlo en el tiempo.
—No, no tienes que hacerlo. Tienes razón. —suspira con clara frustración. Y no es menor, yo lo estoy provocando y la paciencia no es una habilidad que tenga en estos casos. Me mira a los ojos—. Quiero que sepas que en todo caso si pregunto es porque me interesa saber de ti.
Sus palabras me dejan petrificada. Si ahora mismo fuese una caracterización de un cuadro, sería la Mona Lisa; carente de expresión para algunos pero con una sonrisa escondida ante los ojos más apreciativos y educados para ver más allá que el común de las personas. Me armo de valor y soy yo la que termina por sostener su mano, todo sobre la mesa y en un ánimo más personal que amistoso que no me hace sentir avergonzada. Me mantiene tranquila, más cuando creo que el corazón se me va a salir del pecho, justo por la boca. Me siento como si volviese a tener veinte años y por algún extraño motivo mi alma ha rejuvenecido varios años. Acaricio sus dedos con la yema de los míos y le sonrío. Le sonrío en serio, no por compromiso ni por profesionalismo; soy yo mostrando una flamante mueca de conmoción por lo que ha dicho. ¿Cómo podría tratarle mal siquiera por ello? Sé que se está esforzando mucho para mantenerse a raya, siempre tan educado y diplomático, poco metiche y más bien reservado. Conozco sus intenciones y son buenas, tanto así que me cuesta creer que todo ese sentimiento vaya dirigido a mí. No debería sorprenderme porque Alessandro siempre se mostró como un hombre increíble, el prospecto de pareja que cualquier mujer desearía tener en su vida por sobre los comentarios de su alocada vida y la fama de mujeriego que se carga encima. Lo que me deja estupefacta es el aprecio que me sigue teniendo sin importar los años que hayan pasado desde que nos vimos por última vez.
—Sé que estás ávido de información, en serio que sí. Y valoro que estés preocupado por saber de mi vida matrimonial con Patrick. —apaciguo las cosas con un tono de voz más calmado—. Pero ahora soy yo la que quiere saber de tu vida. —frunzo los labios en una sonrisa delicada.
En realidad le estoy pidiendo que por favor cambiemos el tema de conversación, y creo que lo entiende. Vuelve a enarcar una de sus perfectas cejas y mantiene su mirada fija en la mía hasta el punto que no pestañea ni desvía esta. No me siento intimidada, al contrario. Un exquisito calor recorre mis mejillas y baja por el cuello hasta ocultarse en mi ropa. Donde llega, eso solo lo sabe una mujer que ha sentido dicha sensación antes. Te quema las entrañas, te hace cosquillas y al final no tienes más remedio que juntar las piernas y presionar los muslos con toda la fuerza existente hasta que la sensación se disipe. Porque no desaparece jamás. Sí, exactamente así.
—Lo que quieras saber, Cassandra. Estoy dispuesto a que me preguntes cualquier cosa. Yo responderé. —suena entretenido con mi entusiasmo.
—Está bien. —le doy la razón con un gesto afirmativo—. Me dijiste que no estás casado pero de seguro has tenido más de una pareja.
—En eso tienes razón. Como siempre. —al ver mi expresión confundida por su doble sentido en la respuesta se echa a reír—. Por supuesto que he tenido muchas parejas. Supongo que es evidente para una persona que tiene acceso a la moda y que además la diseña. Todas sueñan con ser mis musas, el problema es que no entienden que no le llegan ni a los talones al prospecto por el cual diseño. —lanza una furtiva mirada en mi dirección.
¿Acaso está…? No, eso es imposible. No calzo en las características que tienen las modelos; delgadas, cinturas estrechas y un porte favorecedor. Patrick se ha encargado de hacerlo saber en más de una ocasión así que ya casi ni me importa. Al comienzo lloraba encerrada en el baño, me miraba en el espejo y recogía los pedazos hasta armarme otra vez. Ahora solo cambio de tema o no le sigo hablando hasta que se da cuenta y susurra una ensayada disculpa. Alessandro mantiene su mirada puesta en mí durante ese silencio incómodo que se forma entre nosotros, tan así que tengo que carraspear y llevar el vaso a mis labios para beber una buena cantidad. No me doy cuenta de que me he quemado la garganta y la lengua me queda rasposa. Otra vez. Me comporto como si jamás hubiese bebido café.
—Ah. ya veo. —musito entre dientes—. Hablando de eso, ¿qué tal te ha ido con todo el asunto de la moda? He leído en algunas revistas que eres una gran promesa de la industria…
—Siempre se espera mucho de las personas que corren como caballos desbocados. Lo importante es mantenerse a la altura de esas expectativas. —alza una ceja reprobatoria, y vuelve a relajar los músculos—. Pero todo va bien, no puedo quejarme. Tengo una empresa: modelos y gente que quiere usar mis diseños. Eso es lo que cualquier diseñador puede desear como base. Lo demás es circunstancial, la fama, por ejemplo.
Me admira esa forma tan natural que tiene para hablar y expresarse. Si bien es un hombre que pareciera tener todo el derecho a creerse superior a los demás, y con justa razón para muchos, es una persona humilde y consciente de que un día puede tenerlo todo y al siguiente pasar al olvido. Supongo que para alguien que trabaja en base a lo que los demás piensan de su trabajo debe ser duro saber que no siempre puede ser del gusto de todos. En más de una ocasión otros diseñadores le han intentado hacer una campaña del terror e incluso hablar sobre su vida privada, una que Alessandro mantiene bajo siete llaves.
No es que me haya mantenido actualizada en su vida. O puede que sí. Ahora que lo pienso me estoy sintiendo como una psicópata.
—¿Piensas que podrías vivir sin estar en el ojo del huracán? —pregunto en tono reflexivo.
Me olvido por completo los minutos que han transcurrido y la vibración de mi teléfono. Me desconecto de todo para hablar con mi ex pareja y ahora, futuro diseñador estrella de Estados Unidos.
—¿El ojo del huracán? No tienes muy buenas referencias de la farándula, ¿hm? —comenta junto a una suave risa que se propaga desde su garganta—. Aunque es cierto. Estás en el centro y no sabes qué sucederá contigo. Yo no me enfoco tanto en ella como tal y sus historias armadas. Yo diseño para personajes famosos y por ende, me pagan por lo que creo, no por lo que digo. Aunque tengo que admitir que en más de una oportunidad hubiese preferido hacer diseños a gran escala y de fábrica, para tiendas. —explica cuando ve que frunzo el ceño—. Sería más sencillo hacer ropa en secuencia a pensar en qué cosas pueden resultar novedosas y exclusivas en vestidos para estrellas. Es un mundo complicado pero no creo ir tan mal.
—Solo tienes que controlar tu comportamiento rebelde e irreverente.
—¿Crees que soy un rebelde, Cass?
—Diría que eres mucho más parecido a un influencer que un simple diseñador. Con respeto a todos los demás. —alzo los hombros y apoyo los antebrazos en la mesa—. Siempre estás publicando mensajes muy cercanos a tus seguidores, Alessandro.
No tengo temor que sepa que he estado siguiendo sus pasos. Tampoco lo comenta.
—¿No es esa la función de los que tenemos la oportunidad de representar una idea?
—No todos se toman con responsabilidad dicha palestra. Y tú eres de los pocos que siempre hacen ver la belleza como algo natural, no como un escalón imposible de llegar.
—Espera, ¿me estás siguiendo en mis redes sociales pero yo no me he dado cuenta?
Parece tan divertido, sorprendido y alegre que me causan ganas de poner los ojos en blanco. Y es justo lo que hago. Miro hacia el techo y vuelvo en pocos segundos a la mesa, dirigiendo la mirada a sus manos. Son fuertes y cuidadas, y no dudo que deba tener una manicurista para él solo y que hasta lo visita en su casa. ¡Qué rabia! Seguro que dicha persona debe tener libre acceso a tocar sus nudillos y las yemas. La idea me desagrada por completo pero disimulo a la perfección. Camuflo eso, más no el rubor en mis mejillas. Me acaba de pillar cuando pensé que había pasado inadvertida.
—¿Qué? ¡No! —muevo las manos por delante de mi pecho a modo de negación—. O sea...trabajo en un periódico, es lógico que tengo que saber lo que sucede en el país.
Capítulo 5—¿Ah,sí? ¿En qué periódico? —relame sus labios.
—En el New York Times.
—No me parece que sea un periódico que se enfoque en escándalos de Hollywood, Cassandra.
Finge estar serio pero sus ojos brillan como la luna en una noche oscura y sin estrellas. Me molesta que se esté burlando de mí, pero lo es más el hecho de que haya sido tan estúpida de creer que sería algo que no percataría. Niego con lentitud y apoyo la frente en la mesa. Mi cuerpo cambia de postura durante esos segundos.
—Me lo pones tan complicado, Alessandro. Joder… —susurro sin mirarle. La mesa está dura y fría.
—¡Oh, vamos! No ha sido para tanto. —pone sus dedos en mi cabeza y deja suaves caricias—. Es solo que me causa curiosidad saber cómo es que sabes tanto de mí.
—Eres de conocimiento público. —no sé si me está escuchando pero continúo de todas formas—. La mayoría de personas con un mínimo de conocimiento en moda podría reconocerte incluso ahora.
—Me haces sentir más importante de lo que soy. Y no sé si es por todo lo que hablas o porque eres tú la que se refiere a mí en esos términos.
Levanto la cabeza de golpe y le noto sonriendo. No es una risa ególatra ni mucho menos, sino que me recuerda a aquella hermosa sonrisa que tenía cuando íbamos al cine los viernes por la tarde después de su última clase. La idea me hace imitarlo y hasta chasquear la lengua. Otra vez estoy con esa sensación de calor en mi interior. Me gusta, aunque me resulta prohibido.
—Eres un engreído de lo peor. —digo, cruzándome de brazos y mirando hacia otro lado.
—Es la idea, Cassandra. —me guiña un ojo—. ¿Cómo te va en el trabajo?
Volvemos a cambiar de tema, pero me alegra que me pregunte. Se nota a leguas que le importa saber sobre la vida de los demás. Patrick no suele ser así. Siempre está hablando de las mujeres a las que trata y cómo fueron las operaciones. Habla de su propia vida y sus intereses. O del fútbol europeo que le apasiona tanto. Y sí, hay muchos hombres que se sienten atraídos por dicho deporte pero, ¿crees que es normal que una persona hable durante toda una cena sobre eso? Porque yo no, menos cuando apenas nos podemos ver máximo una hora diaria, mientras comemos. Luego yo lavo las cosas y él se va a su oficina para ver las intervenciones que tiene al día siguiente. En la cama ni conversamos; yo leo y él, duerme. En conclusión, mi esposo empieza a acercarse más al prospecto de hombre que no querría tener en mi vida, uno de mierda y sin tema, aburrido, monotemático. Y lo que más me asusta es que cada minuto que gano con Alessandro es un golpe en la cara que me dice que cometí un error gigantesco y que ahora estoy pagando por lo que sea que haya hecho.
Como no muestro ninguna respuesta, Alessandro se encarga de pasar su palma extendida por delante de mi rostro. Observo sus largas falanges y sonrío a modo de disculpa. Qué tonta me estoy comportando.
—Ah...sí. El trabajo bien. Me encanta. —mi tono de voz cambia de inmediato. Es un trabajo que logra hacerme sentir confiada y lo muestro—. Al comienzo creí que me terminaría aburriendo de tantas opiniones y noticias importantes. Ya sabes, lo mío es más dirigir y llegar a acuerdos en vez de sentarme a escribir sobre lo que otros hablan. Opiniones de opiniones. —pongo los ojos en blanco y él sonríe—. Pero al fin de cuentas noté que hay muchas cosas interesantes que desglosar y parafrasear de una persona. Y eso me ha dado la facultad de ponerme un poco más objetiva y entender que todo depende desde el lugar donde se está emitiendo el argumento. Lo disfruto bastante.
—Lo bueno es que has encontrado el trabajo de tus sueños. O el que pareciera serlo. —mueve la diestra hacia adelante. Alcanza el café y bebe.
Mientras le miro veo cómo se termina el bollo y arruga la servilleta para dejarla a un costado, junto a la cuenta. No me importa pretender que me gusta mi trabajo. Lo hace, pero no como quisiera.
—Es importante para mí estar ahí. Además de que las personas que trabajan en el diario son buenas y amables. Es un ambiente grato y por eso es que se añade a la lista de cosas que me encantan. ¿Trabajas con muchas personas?
Eso es cierto. Todos son buenos compañeros. No diría que tengo muchos amigos porque no es el caso; prefiero llevar una buena relación profesional en vez de hacerme de falsos aduladores. De esos ya hay muchos en el planeta. Ni tampoco me gustan los enredos por conflictos de intereses.
—Un par. Tengo tres recepcionistas, pero cada una se encarga de diferentes cosas. Una de las reuniones y eventos importantes, otra de los despachos a otras ciudades o países y otra es la encargada de la recepción de las telas y los instrumentos de trabajo. —hace una mueca con sus labios—. Me gusta tener todo en orden. Eso es algo importante. Pero el trabajo es demasiado. Mucho. Ni siquiera ellas dan abasto con todo lo que pasa en la empresa. Luego están aquellos que ayudan en la confección de las prendas y los encargados de publicidad. —musita como si no fuese un gran imperio.
Seguro que no lo nota, pero yo misma se lo hago saber. Se queda de una pieza.
—¿Y las personas que trabajan en las tiendas que tienes en algunas ciudades?
—Bueno...quizás es más que un par de personas. No lo había visto así, pero es que son demasiadas caras para siquiera recordarlas. —acaricia el dorso de su muñeca—. Yo me la paso todo el día en mi oficina trabajando en nuevos diseños y propuestas. Tanto para eventos como para la tienda. Recursos humanos se preocupa de esa parte.
—¿Y tampoco tenías contadas a las personas que trabajan contratando más personas?
—Diablos, no. —se ríe con gesto inocente que me encanta—. Vivo inmerso en bosquejos y diseños, no en el mundo detrás de la marca. Como verás, soy más de diseñar que dirigir. Aunque sea algo así como empresario, tengo mucho que aprender. —mantiene sus ávidos ojos puestos en mi semblante.
Y yo no puedo estar más interesada en conocerle en profundidad, en saber todas aquellas cosas de las que me he perdido. Un último suspiro se roba mi atención y cuando vuelvo a la realidad Alessandro está revisando su teléfono. Es una mirada rápida, educada y propia de él. Ya sé qué es lo próximo que viene así que finjo una sonrisa.
—En unos minutos tengo una reunión importante, así que tengo que irme. —se le ve incómodo.
—No, adelante. Sé que tienes mucho trabajo por hacer y está bien.
—Los dos tenemos mucho trabajo el día de hoy, Cassandra. El New York Times debe estar expectante a que envíes tu trabajo para publicarlo.
Mierda. El trabajo. No sé si es una sonrisa lo que sale de mis labios o qué, pero intento convencerle de que todo está en perfecto orden. No tarda en ponerse de pie y arreglarse el traje. Juraría que está hecho a su medida, por él, y no tengo ni qué mencionarlo. Le queda impresionante.
—¿Crees que podamos vernos en otra oportunidad? Con más tiempo. —apoya las manos en la mesa y se inclina en mi dirección.
—Seguro. Sí. —asiento con demasiado entusiasmo.
Me estoy dejando muy en evidencia pero Alessandro no llega a darse cuenta de esto, y si lo hace solo se mantiene como todo un caballero y pretende no notarlo. Hasta para eso es amable.
—Me encantaría, Cass. —mantiene sus impresionantes ojos azules en los míos, del mismo tono—. ¿Me das tu número?
Ni siquiera está esperando una respuesta de mi parte porque del interior del bolsillo de su traje saca el moderno teléfono, un iPhone alargado y con prestancia, teclea algo en la pantalla y me lo entrega. Yo lo sostengo con tanto cuidado que creo que si lo toco con mucha fuerza lo partiré por la mitad. Anoto los dígitos para que me llame y nos pongamos de acuerdo, y vuelvo a entregárselo. Hasta el jodido aparato tiene su envolvente olor. Tendré que soportar las siguientes horas con esa esencia revoloteando. Porque no, no pretendo lavarme las manos después de esto.
Capítulo 6—¿Prefieres que te llame o que te mande un WhatsApp?
—Seguro que es mejor que me envíes un mensaje; eres un empresario ocupado. —sonrío con cierta vergüenza.
—Puedo estar muy ocupado pero nunca me perdería la oportunidad de hablar contigo aunque fuese solo para escuchar tu voz.
Aquí estoy otra vez con la sensación de que las piernas se han hecho gelatina y peor aún, pasan al estado líquido en contraste con el calor que noto entre mis piernas. Tengo que presionar los muslos y chocar las rodillas para así intentar evadir la poco disimulada excitación que me ha causado con solo hablar. Relamo mis labios y gesticulo una mueca de agradecimiento.
—Entonces puedes llamarme. O enviarme un audio. —encojo los hombros.
—¿No le molestará a Patrick que tu ex te mensajee y encima te mande notas de voz?
—Patrick no es un hombre celoso, Alessandro. No tienes que preocuparte por él.
—Hasta el hombre más seguro tiene miedo del pasado, Cassandra. Y si tu esposo es un poco inteligente siquiera y si sabe lo que tiene a su lado, entonces no perderá oportunidad de estar al pendiente de todo el que te rodea.
Las palabras tienen tanta fuerza cuando son con emoción y verdadero significado, que por un momento pasa por mis perturbadas neuronas el que en vez de Patrick, es Alessandro quien mantiene una vida matrimonial conmigo. Y la idea me encanta, me hace imaginar más allá que simples besos y caricias inocentes. Mi imaginación casi ingenua y poco explícita empieza a cambiar en el momento en el que me encuentro con una imagen idílica de Alessandro desnudo y con una simple toalla cubriéndole la parte baja. Tengo que tragar saliva y bajar la cabeza para que no me note acalorada.
Cuando vuelvo a mirarle, la inseguridad y la incertidumbre se hacen en mi rostro. Patrick nunca en la vida se podría sentir amenazado por alguien. Él es todo seguridad. Es inteligente, profesional, galante. El problema es que todas sus técnicas de conquista las utiliza con las mujeres a las que atiende y opera, con cualquiera que se encuentre en la calle y hasta con mis ex compañeras de escuela cuando asistíamos a las reuniones. Conmigo nunca tuvo un gesto amable o romántico, a excepción del tiempo que estuvimos de novios. Pero eso fue hace varios años atrás. Supongo que cuando supo que lo nuestro era algo perpetuo decidió que no necesitaba cortejarme ni sorprenderme. Total, ya me tenía.
—Eso es porque no lo conoces en absoluto. —al ver que está listo para irse me pongo de pie y me calzo el bolso al hombro.
—Entonces no vale la pena. —comenta con un deje sarcástico. Me tiende el brazo—. Vamos. Te dejo afuera y nos separamos.
Me acerco con cuidado y me agarro de su brazo, aceptando de inmediato la cercanía que tenemos. Su calor irradia en cuestión de segundos por mi cuerpo. Me enciende con ese simple tacto. Me sostiene con fuerza, caballerosidad y dominancia, dejando ver lo imponente que es. Nos dirigimos hacia la salida y una vez afuera se pone frente a mí.
—Realmente estoy esperando volver a verte, Cassandra. —una vez más muestra una brillante sombra en sus ojos.
El frío me da en las mejillas pero me olvido de todo eso por ahora, de los nervios y de la sensación de temblor recorriendo mis piernas y brazos. Tengo escalofríos pero Alessandro lo nota y pone sus manos sobre mis hombros. Su calor se desprende por todas mis terminaciones nerviosas hasta que ahogo un jadeo. No dice nada, pero sonríe.
—¿Me llamarás? —susurro, con la respiración entrecortada y la voz ronca.
—Por supuesto que lo haré. Más ahora. —reafirma con seguridad y confianza. Le creo—. Nos veremos muy pronto. Prometido. —asiente.
Cuando desliza sus largos dedos por mis brazos hasta llegar a las muñecas. Mete las falanges por entre el borde de mi chaqueta y roza la parte donde los tendones se marcan. Abro los ojos como platos y aparto las manos como si las hubiese puesto sobre las brasas. Mi reacción le es significativa; sus ojos centellean deseo y ganas de seguir jugando pero al mismo tiempo hay una parte mucho más racional que mantiene su postura y la distancia entre ambos. Se lo agradezco y le recrimino a partes iguales. Quiero sentirle más cerca, todo lo posible.
Ahora me doy cuenta que no quiero que se aparte.
—Que tengas buen día, Alessandro.
—Ya lo estoy empezando a tener, Cass.
Nos despedimos, yo con la mano y él en un asentimiento de cabeza, y me giro para empezar a caminar. A veces, mientras avanzo unos cuantos pasos, doy la vuelta y noto que Alessandro me sigue observando entre la gente que camina. Muevo los dedos para hacerle notar que me he dado cuenta de que está ahí, y al final decido no volver a encontrarme con sus ojos. Puede ser peligroso y ya no estoy para ese tipo de juegos. Menos cuando tengo un anillo que demuestra que no puedo tener ojos para nadie más que Patrick.
Miro el teléfono mientras me hago a un costado de la calle para que los demás transeúntes no me choquen y me encuentro con un mensaje de Agatha. Toda la fantasía se rompe en miles de pedazos y me hace ver que por un instante de felicidad estoy a punto de meterme en grandes problemas. Maldigo en voz baja y tecleo el número en la lista de contactos. Al poco tiempo responde.
—¡Maldita sea, Cassandra! ¿Dónde mierdas estás? —se le escucha alterada, pero no molesta.
—¡Lo siento, lo siento! Es que sucedió un imprevisto de ojos azules y me quedé pegada por al menos media hora.
—¡Casi una hora, Cassandra! ¿Qué es lo que sucedió? ¿Cómo que un imprevisto de ojos azules?
—Me encontré con alguien mientras estaba camino al trabajo y...no pude resistirme a la idea de saber sobre su vida. Lo siento de verdad, Agatha. —afirmo el bolso con la zurda mientras la derecha sostiene el móvil y acelero mis pasos.
—¿Con quién te estás viendo? —me parece que baja el tono al menos en tres puntos más abajo—. ¿Estás engañando a Patrick?
—¿Qué? ¡Joder, no! ¿Estás demente? —intento mostrar relajo en mis palabras pero el cansancio se hace evidente.
—Parece que estás ocupada...cuando llegues pasa a mi oficina. Tendré que salvarte el culo. Apúrate, ¿quieres?
—Está bien. Gracias...te debo una inmensa.
—Una no. Varias, Cassandra.
Me la imagino tras el teléfono negando y entrecerrando los ojos, decepcionada. No me sorprende porque desde que empecé a trabajar en el New York Times, hace unos tres años atrás, las cosas con ella han sido así. Me trata como una mujer de menor edad, todo a cuesta de mi rostro. Siempre me han dicho que me veo más joven de la edad que tengo, y si bien es un halago, también me juega malas pasadas. Agatha es de esas mujeres que pese a no poder tener hijos, los trata a todos como si lo fuésemos. Su esposo tiene otras cosas en mente para ellos en vez de estar criando y soportando los primeros años de dependencia. Eso es lo que él dice, y su esposa le sigue el amén en lo que el señor Armstrong señala. Ambos son exitosos y piensan en grande. Nunca es suficiente para ellos si pueden cerrar un buen trato, millonario y con ganancias para ellos.
Capítulo 7Al llegar, —corriendo porque jamás pensé hacerlo casi al mediodía—, lo primero que hago es ir a dejar mis cosas en el escritorio y encender el computador. Luego voy a la oficina de mi mejor amiga y jefa, quien parece haberme estado esperando desde hace bastante rato. Le veo por entre el vidrio que separa los espacios y cuando nuestras miradas se encuentran, me hace con la mano que entre. Miro al cielo y pido que alguien se apiade de mí. Ojalá alguien tuviese ese poder sobre Agatha.
Nos conocemos desde hace tres años, cuando empecé a trabajar aquí, y nuestra relación fue excelente de inmediato. Es buena persona y sabe manejar las situaciones como ninguna otra persona. Somos mejores amigas, tanto que ella suele contarme muchas más cosas de las que quisiera saber. También es amiga de Patrick, aunque solo se ven cuando salimos a comer los cuatro, una vez al mes.
Toda la oficina es de un color café, romántico y medieval. A muchos les encanta el diseño que tiene mientras que a mí me aburre a la vista. Me causa sueño. Siempre me han gustado los colores vibrantes y alegres, pero estar aquí es como estar en una película antigua. Los muebles son caoba y lleno de detalles tallados, así como también los cuadros en la pared de color blanco. No sé si llamarlo estilo rococó, pero puede que no esté tan errada en la idea. Lo único interesante es que siempre hay flores, rosas rojas, en un florero a la entrada. Son de su esposo, mi jefe. En conclusión, él hace de todo para tenerla feliz. Ahora, si lo consigue o no, es otra cosa.
Cierro la puerta y me quedo ahí, mirándola. Parece interesada en la pantalla del computador porque aunque siente que llegué, sigue tipeando. Lo único que escucho, además del ruido del exterior, son sus dedos golpeando las teclas con afán, rápido y sin errores. Pronto termina y dirige su mirada hacia mí.
—Toma asiento, querida. —indica la silla.
Avanzo hasta el escritorio y sigo sus instrucciones. Dejo las manos sobre los brazos de la silla.
—No quería llegar tan tarde…
—Cállate. —me interrumpe. Tiene una sonrisa en sus labios—. ¿Con quién te encontraste?
—Lo único que te hace ser amable es el hecho de que te quieres enterar de lo que pasa en mi vida. —ella se encoge de hombros y yo pongo los ojos en blanco—. Estaba comprando un café y de pronto alguien mencionó mi nombre mientras esperaba. Y era un ex compañero de universidad. Es todo.
—¿Es todo? —apoya las manos en el filo de la mesa y se hace hacia atrás—. No creo que te hayas quedado casi toda una mañana para hablar con él si solo era un compañero.
—Quería ser amable...—expreso, restándole importancia.
Soy una terrible mentirosa y ella lo sabe, por eso me presiona.
—Amable...eso ya lo eres, señorita. —me hace burla y ni siquiera se mide por la edad que tiene—. Dime qué tiene de especial ese hombre. ¿Te gustaba? ¿Era algo así como tu amor imposible?
—Era mi ex novio.
Mis palabras la dejan en silencio y con los ojos abiertos. No cree lo que estoy diciendo pero aún así lo piensa para meditar y ver qué es lo que puede suceder. Sé que en su mente me está cuestionando y viendo si me echaré a reír pronto. Como no lo hago aparta un mechón de cabello y fija sus castaños ojos en los míos.
—¿Cómo que un ex novio?
—¿No sabes lo que eso significa, Agatha?
—¡Claro que lo sé! Pero creí que solo habías estado con Patrick. —entorna los ojos. Me está pidiendo explicaciones que no pienso darle.
—Lo pensaste muy mal. —mantengo la espalda erguida—. Alessandro es un compañero de universidad. Nos conocimos en una clase común y bueno, nos enamoramos.
—¿Y Patrick lo sabe?
—¡Por supuesto! Cuando yo estaba con Alessandro, Patrick iba en esa misma clase, pero no nos hablábamos mucho más que para trabajos y esas cosas.
—¿Y cómo crees que se va a tomar el hecho de que hayas compartido un café con un ex novio?
Abro la boca pero nada sale del interior. Estoy algo sorprendida y al mismo tiempo extrañada. Agatha Smith, quien siempre ha sido más liberal que cualquier mujer del siglo veintiuno me está diciendo que debería ser castigada a pedradas por aceptar un café de un ex con el cual no hablaba desde hace años. ¿Está bromeando? Veo su cara y no, está tan seria como antes y con ese gesto listo para regañarme si es que digo algo inapropiado.
—Qué eres, ¿una mujer del siglo quince? ¡Me extraña! —me cruzo de brazos y desvío la mirada—. No puede decir nada porque no es algo malo. Solo conversamos y ya.
—Es solo que...no debe ser lindo que tu esposa se encuentre con un ex. Y encima llegue al trabajo tarde por quedarse conversando con él. —encoge sus hombros sin el menor gesto de culpa en su machismo disfrazado—. En fin. ¿Cómo está ese tal “Alessandro”? ¿Tiene una esposa gorda y fea? ¿Tiene hijos y es infeliz en el sexo? Cuéntame.
Al menos ahora me saca una sonrisa. Es tan desubicada en sus comentarios que es probable que el Universo nos haya unido por una razón: yo soy más centrada en todo aspecto. Además, no es como si Agatha fuese una modelo de revista. Al contrario, es normal, de estatura media y con sus curvas bien puestas, una persona a la que le gusta comer y no se siente culpable mientras está en la trotadora del gimnasio. Si es que va. Dudo que haya conocido alguna vez uno por dentro. Siempre dice que a mí me falta lo que a ella le sobra, y si me miro las muñecas es cosa de ver que puedo tocarme las yemas del pulgar y el índice si los uso como brazalete. Y tampoco me hace sentir muy cómoda con sus comentarios. Como resumen evidente, ninguna de las dos podemos opinar de otra mujer porque vivimos nuestra propia realidad y tenemos nuestros defectos. Más cuando tienes un esposo cuya profesión es hacer que sus clientas se vean perfectas o alcancen dicha categoría y no das la talla para ello. Por eso casi ni voy a los eventos donde nos invitan. No calzo en ese mundo tan frívolo y preocupado por el físico.
—¿Por qué siempre haces ver que los demás alrededor nuestro tienen una vida miserable? —pregunto, frunciendo el ceño.
—Para no vernos miserables, Cassy. Así funciona la vida. Sabes que el jardín del vecino es más verde que el tuyo pero te empeñas en verlo seco para sentirte bien. —al ver que yo no estoy de acuerdo con sus palabras solo entrecierra los ojos y suspira—. Anda, cuéntame.
—Sí, creo que mejor seguiré con eso...—me muerdo los labios—. …diría que tiene una vida bastante plena...feliz. —corrijo—. Es empresario y hasta ahora está muy involucrado en la gama textil. Le va bien. —hago un mohín con los labios.
—A menos que sea una persona reconocida e importante, dudo que tenga una vida plena. —se mira las uñas para cerciorarse que su manicure está impecable.
—¿Es una broma?
—¿De quién estamos hablando, Cass? —se acerca tanto a mí que tengo que alejarme.
—Alessandro. —al ver que su nombre no le suena en absoluto pongo los ojos en blanco y resoplo—. Alessandro Hansen. Él es mi ex novio.
Capítulo 8La mirada de Agatha lo dice todo pero al mismo tiempo es como si lo que yo pensase no tuviera nada que ver con la realidad, con lo que ella ejecuta en su fuero interno. Está en silencio, con la espalda erguida y los codos apoyados en la mesa, como soporte. Yo, por otro lado, apunto con mis ojos la urgencia que tengo por saber qué es lo que me dirá. Espero con paciencia obtener una respuesta de su parte en unos segundos que se me hacen eternos, tanto así que miro hacia todos lados y una sonrisa estúpida empieza a aflorar de mis labios. Es una mueca nerviosa, fuera de lo normal y sin sentido alguno. No logro dar con el temple que tengo que mostrar en este momento. Al final muerdo mi labio inferior y separo los labios para empezar una conversación.
—¿Agatha? ¿Escuchaste lo que dije?
Ella alza una mano y la mueve en el aire, depositándola luego bajo su barbilla y acaricia esta con sus delgados dedos. Parece pasmada y no la culpo. No es como si yo le hubiese dicho que estuve con cualquier otra persona, un desconocido para ella, alguien que no le causaría ni la más mínima sorpresa. Pero es Alessandro, el astro de la moda y el diseño en New York y es por eso que sus facciones están rígidas. Y dudo que sea porque le moleste, sino más bien es el no creer que alguien como él estuviese con una muchacha como yo. La idea que cruza por mi mente no me gusta en absoluto pero hago de todo para poder dejarla fluir hacia el basurero imaginario que tengo en mi mente, ese lugar donde van aquellas cosas que no me hacen bien. Como los comentarios de Patrick respecto a las cirugías que debiese hacerme.
—¿Me estás diciendo que dejaste a Alessandro por Patrick? Quiero decir...—se atropella en el camino pero al final puede salir airosa de la situación con un argumento más frío que el anterior—. …estarías en las grandes pasarelas del mundo, Cass. Incluso, juraría que te habría hecho la musa de sus creaciones. —asiente con ferviente convencimiento.
Una risa cortada es lo que escapa de mis labios cuando se encarga de hacer ver que el hombre que es catalogado con mejor estilo en toda la ciudad, y el país, podría pensar en crear una colección en base a mí. Pongo los ojos en blanco y bufo, exasperada por ese ánimo que tiene mi amiga por alzarme en un pedestal donde es claro que no llego.
—¿De verdad crees que se dedicaría a diseñar ropa por mí? Tienes que estar demente si piensas eso. —musito sin mostrar importancia.
—Ya sabes lo que pienso de ti, Cassy. Eres una mujer que podría sacarse mucho más partido si no fuese porque prefieres tener ese look conservador que tanto te agrada. —me saca la lengua y río como consecuencia—. En fin…¿qué tal estuvo la reunión con ese hombrazo?
Su descripción sobre Alessandro me hace sonreír, pero me muerdo los labios para que no lo note. No había querido decirlo pero es el adjetivo que mejor le describe.
—Fue estúpido. —bajo los hombros, junto a un bufido—. Es decir...le pregunté que quién era cuando preguntó mi nombre. Fue idiota. Es decir, no ha pasado tanto tiempo como para no reconocerlo en la calle. —miro al techo y cierro los ojos—. Sigue estando igual. No, igual no. Mejor.
Termino la frase mordiéndome el labio inferior sin ningún pudor. Agatha me observa junto a una sonrisa compungida, cómplice.
—Ese hombre es como el vino. Los años no le pasan por encima en absoluto. —se echa aire con la mano y algunas hebras de su cabello se mueven como consecuencia—. ¿Hablaron de Patrick?
Me está haciendo demasiadas preguntas y con mucha información de por medio, y yo repaso una y otra vez nuestra conversación. Fue corta, pero intensa. Me desnudó con unas cuantas interrogantes y nadie en el mundo había logrado aquello. El corazón me da un brinco entusiasmado cuando vuelvo a recorrer su mandíbula, sus labios, sus dedos largos y expertos. Pronto me estoy maldiciendo por estar imaginando esas cosas. El contenido es lo que está pidiendo mi amiga, no lo jodidamente atractivo que se veía sentado ahí, como cualquier mortal bebiendo café.
—Me preguntó de mi vida…
—Y entonces saltaste como una completa bocota y le contaste sobre tu esposo. —termina la frase antes de que yo pueda continuar.
Asiento y ella, tan amable como siempre, suelta un bufido de completa exasperación.
—¿Acaso tenía que mentirle? —tanteo, alzando las cejas.
—Tanto así como mentir, no. Pero podrías omitir la información que no es valiosa.
—O que en este caso lo es.
—Lo es para ti, porque siempre tienes a Patrick en un pedestal. —inquiere con las manos extendidas hacia mí—. Se lo das todo fácil.
No fui yo la que se puso a gritar en todas direcciones que si acaso le estaba engañando y ahora resulta que está normal que lo “omita” de mi vida. Agatha es increíble, pero agradezco poder tener fuerza de voluntad y no seguirle en sus cosas. Mi vida sería mucho más difícil con sus consejos y estoy segura que me habría metido en varios problemas.
Se pasa las manos por las mejillas y arrastra consigo algo de maquillaje. Lo sé por la forma en que sus yemas se rozan y la mueca de disgusto en su rostro. Busca en su bolso, que está a un costado, toallitas humectantes para bebé.
—Como sea. —digo al cabo de unos segundos—. Obviamente le conté sobre Patrick. Y me preguntó que si acaso era feliz.
—¿Y tú eres tonta o es que solo juegas a ser inocente? —como no respondo ni me doy por aludida, Agatha hace un nudo con la toallita ya usada y la lanza al basurero a sus pies—. Un hombre no te pregunta de la nada si es que eres feliz o no, Cass. Generalmente, no es un tema conversación con alguien de otro sexo, menos cuando no le ves hace años.
—Creo que quería ser amable, es todo.
—Amable. Claro. El cartero también es amable pero no por eso está preguntándole a toda la cuadra sobre su vida personal.
Tiene un buen punto en todo esto y es que Alessandro sí parecía bastante interesado en saber de mi vida, en especial en aquella relacionada al ámbito marital. Cierro los dedos alrededor del respaldo de la silla por los nervios y me fuerzo a no mostrarle ningún tipo de sentimiento a mi amiga. Es imposible que él esté interesado en mí. Han pasado muchos años y es más que claro que no somos los mismos.
—Te estás haciendo historias en la cabeza. —sentencio al final.
—¿Eso es lo que quieres creer? Adelante. Nadie te puede quitar la esperanza de las manos cuando te aferras a ella con un salvavidas. Pero no me digas que no te avisé. —advierte con el índice incriminador apuntando en mi dirección.
—Vale. Estaré lista para asumir las consecuencias. —alzo las manos, a la altura de mi busto.
—Perfecto. —parece contenta con mi desempeño—. ¿Y qué más conversaron?
No estoy de ánimo alguno para contarle más de lo que ya me he permitido confesarle. Necesito ir a mi computador, sentarme y trabajar, no embelesarme con historias ficticias puestas en una mente desquiciada y romántica como la de Agatha.
—No estuvimos mucho tiempo. Tenía que ir a una reunión y ya está. Me demoré tanto porque no encontraba un taxi para llegar. —miento con tanto descaro que ni me inmuto cuando sus ojos escrutan los míos y acto seguido, una pila de carpetas llega al frente mío.
Capítulo 9—Una lástima. Te habría tenido todo el día en mi oficina contándome sobre ese Adonis. —mueve los hombros hacia arriba—. Eso es el trabajo de la semana. Ya sabes que no tienes que apurarte porque dudo que algo más llegue. En cualquier caso, te lo haré saber.
—No intentes chantajearme. —contengo las ganas de sonreír. Tomo las carpetas y les echo un rápido vistazo—. Tu esposo no me dejaría darme el lujo de holgazanear.
—Oh, creo que ya has tomado suficiente tiempo libre. Partiendo desde esta mañana. —finge un puchero—. El recreo terminó, Cass.
—Me merezco unas vacaciones de todos modos. —me pongo de pie con mi material de trabajo y me planto frente a la mesa. Mi ánimo está mejorando—. A trabajar se ha dicho. Sobre acabar antes...no lo tengo tan seguro. Necesito distraerme un poco.
Eso es justo lo que necesito. Introducirme al mundo de las letras y dejar mi imaginación volar y ver cómo es que consigo hacer una columna respecto a una opinión. Y no debería ser complicado, menos con los años de experiencia que tengo en el rubro. El problema es poder concentrarme sin que Alessandro y sus palabras revoloteen en mi mente con tanta facilidad que hasta podría terminar mezclando las cosas y crear un desastre. Y un solo error puede generar una cadena de cosas, más cuando sabes que miles de personas lo leerán.
—¿Cassy? —Agatha llama mi atención y yo, abro los ojos en consecuencia—. ¿Te ha provocado algo el reencuentro con Alessandro?
Tantas respuestas llenan mi mente que no logro dar con alguna que sea cien por ciento acertada. Alessandro fue un gran amor cuando estuve en la universidad. Aprendí muchas cosas y sufrí por otras tantas, pero en definitiva y sacando cuentas, no puedo decir que haya sufrido por su culpa. Es más, creo que sin duda y sin titubeos, ha sido el hombre que mejor me ha tratado en una relación. Y hablo de aquellas relaciones serias y formales, no romances adolescentes y desamores esporádicos. Hablo de amor de verdad. Ese que te duele cuando termina pero que te tiene en las nubes cuando las cosas andan bien. Con el que planeas algo más que simple sexo y con quien encuentras la plenitud. Justo así era la forma en la que me sentía a su lado. Protegida, pletórica y amada.
—Alegría, supongo. Nostalgia, tal vez. —sé que no estoy siendo muy expresiva al respecto, pero las palabras no me apoyan ahora—. No lo sé. Vienen muchos recuerdos del pasado. Es eso. —asiento.
—¿Esos recuerdos eran felices?
Sus palabras me dejan pensativa, demasiado para mi gusto. Pese a eso me marco una sonrisa en la cara y asiento. No puedo dejar que esto me provoque sensaciones innecesarias. Lo que menos necesito ahora es que el mundo gire con más velocidad.
—Muy buenos recuerdos, Agatha.
Ella parece comprender el tono nostálgico y poco pleno que uso en mi tono de voz, porque me mira con cariño, un toque maternal que nunca le he visto antes. Especial.
—Entonces quédate con eso, Cassy.
Yo no digo más y abandono su oficina en el más completo y profundo de los silencios.
Pronto me veo envuelta por el bullicio de mis compañeros de trabajo, todos ellos relacionados a conversaciones y gritos entre un puesto y otro. Al parecer es un día especial porque todos andan hiperventilados y muy emocionados. Ahí es cuando recuerdo que podremos salir más temprano y el alivio se hace en mi interior con alegoría y felicidad. Lo bueno es que con un poco de suerte podré pasar más tiempo con Patrick. Al menos unas dos horas más del horario habitual y es que en días como hoy, al comienzo del mes sus operaciones disminuyen un poco, lo que significa que tendrá tiempo de sobra para regresar a casa y cenar juntos. Todas las semanas repetimos el mismo proceso.
El trabajo, que pensé sería el peso más grande, se me hace mucho más fácil, y no sé si es por las ganas que tengo de que las horas pasen pronto para estar en casa, o por la urgencia de no recordar ese fortuito encuentro entre Alessandro y yo en la cafetería. A veces me gusta creer que las cosas suceden por algo, por algún tipo de planificación divina; que cada persona tiene su ser de luz que dicta el camino que debe transitarse y basado en eso, tomar decisiones. No creo que haya sido una mera casualidad, pero me obligo a pensar que las cosas son así. Me resulta más sencillo creer que solo será un encuentro esporádico y nada más, que no volveremos a hablar y que jamás pensará en llamarme.
El hecho de haber mencionado que estaba casada debería sonar a una advertencia para el diseñador. Muy a mi pesar, la idea ínfima de que me llame brota y crece como una esperanza. Alessandro Hansen presente en mi vida una vez más. Qué ridículo.
A las cinco y media, casi una hora antes del horario normal, todos estamos apagando los computadores y dejando nuestros puestos de trabajo ordenados. He avanzado seis de diez noticias y me tiene tranquila, conforme con el desempeño pese a mi atraso. Para mañana todo estará listo y podré tomarme el tiempo de buscar por mi parte y presentárselos a Agatha. No me gusta la contingencia política ni económica pero es uno de los pilares del periódico y por ende, tengo que apegarme a dichos estándares. Dejo las carpetas ya generadas en Word a un costado del escritorio y las físicas frente a la pantalla. Todo seguirá igual para mañana y eso me da independencia para ordenarlas a mi gusto.
—¿Ya te estás yendo, Cassy? —Agatha saca la mitad de su cuerpo de la oficina.
—Casi. Solo estoy dejando unas cosas ordenadas…
—Podrían aprender un poco de ti. Se comportan como animales.
Un dramático bufido hace escena y ambas reímos. Mis compañeros de trabajo son muy inteligentes, letrados y eruditos sobre historia nacional, números y predicciones de la bolsa, pero cuando se trata del orden y la limpieza, les faltó un curso en la universidad. Miro a mi alrededor y alzo los hombros, disculpándolos.
—Tenían muchas ganas de llegar a sus casas. Por cierto, ¿por qué tan temprano?
—Oh,bueno...iremos a cenar y odio estar corriendo. Nunca me puedo delinear bien el ojo por arriba así que es para aprovechar el tiempo. ¿Qué? —me mira confundida.
Muevo la cabeza de forma negativa, sin saber dar con una respuesta seria. Intento mostrarme imperturbable pero no lo consigo. Termino hablando y colocándome el abrigo al mismo tiempo.
—Me parece muy poco profesional que solo porque quieres delinearte bien, todos tengamos menos horas de trabajo.
—Es por eso...que mi querido esposo ha dicho que se trata de un inventario. —parece muy complacida con la respuesta.
—¿Un inventario? ¿Somos una tienda? —abotono con rapidez y me pongo el bolso.
—Bueno, utiliza esos conceptos de empresarios que yo no entiendo. —mueve la mano para restar importancia al asunto—. La cosa es que podrás irte a casa. ¿No es bueno?
—Es espectacular, Agatha.
—De nada. —hace una reverencia.
—Gracias a tu párpado, querrás decir. —río y me acerco para darle un abrazo—. Que pases una grandiosa noche.
—Igual tú, cielo.
—Nos vemos mañana.
El camino de regreso es lento y trágico. El tráfico adorna toda la ciudad y pese a que los transeúntes disminuyen en horario laboral, New York no deja de estar vacía en ningún momento. Mi automóvil está en reparaciones desde hace varias semanas y Patrick no puede recogerme, así que el taxi es mi único medio de transporte por el momento. Durante el trayecto escucho música por los auriculares conectados al teléfono móvil. En la mitad de una canción me llega un mensaje de mi esposo. Es corto y sencillo pero me deja con una fresca sonrisa en los labios, que corroboro por el reflejo de la ventanilla.Patrick:
¿Te parece que salgamos esta noche a cenar?En poco tiempo estoy respondiendo.Me encantaría, Patrick. ¿Dónde iremos?Patrick:
Es una sorpresa. ¿A qué hora llegas?Observo los números en el medio superior de la pantalla.A eso de las seis y media, creo. Hoy salimos más temprano.Patrick:
Perfecto. Yo llego como a las siete. Paso por ti de inmediato.
Capítulo 10Por fin llego, pago la cuota al chófer y me interno en el silencio de mi hogar. Está callado y calmado, tanto que hasta necesito hacer ruidos para no desesperarme. No soy muy fan del silencio obligado. Distinto es cuando estoy leyendo un libro o trabajando, entonces ahí es lo que más me urge. Por suerte en esas circunstancias siempre estoy sola, porque Patrick fue creado para el bullicio. No puede quedarse callado aunque lo intente. Dejo mi abrigo en el perchero de la entrada, atornillado a la pared, y hago lo mismo con mi bolso. Las llaves quedan en un pocillo gris, donde están todas las demás.
La ducha es rápida, pero con mucha dedicación, no como la de esta mañana. A veces prefiero olvidarme y bloquear todo lo que Patrick hace. Seguro que la cena es para compensarme, o eso es lo que pienso ya que en la mayoría de los casos no se da ni cuenta cuando su poca sensibilidad sobrepasa los límites y se comporta como un completo animal. Y no es algo que llegue a excitarme en lo más mínimo. Desearía que fuese el mismo hombre carismático y galán que conocí, pero dudo mucho que aquella época de oro vuelva a existir alguna vez. Lo he pensado, pero la idea es lejana. Imposible.
Me pongo un vestido hasta el muslo que asemeja satín y de estampado floreado con un fondo beige, y en el bordillo lo que simulan ser unas hojas y vegetación, junto a unos zapatos de tacón color amarillo intenso. El cabello lo llevo suelto, en ondas y delineo mis ojos con un negro cargado y especial para la noche. Hoy estoy de un maravilloso humor y quiero sorprenderlo. Todo a manos de la invitación que acaba de hacerme. Complemento el look con algunas pulseras y mis anillos, incluyendo por supuesto el de matrimonio. La imagen en el espejo me deja sin respiración, pero no conforme con ello también humecto mis piernas con una crema con cristales para darles más luminosidad. Es una de las partes de mi cuerpo que más me gustan así que le saco provecho a consciencia.
El sonido de la puerta de la entrada me saca de mi concentración y sin hacerle perder más tiempo bajo la escalera. La mirada que me entrega me hace sentir desatada pero contenida. En otras palabras, me alegra saber que he llamado su atención pero no deseo que se descontrole una vez más. ¿Acaso será normal que los esposos arremetan así contra sus esposas, con tanto deseo sexual y ya está? No he tocado el tema con Agatha, y dudo hacerlo alguna vez. Hay muchas cosas que ni siquiera se las puedes contar a alguien que le tienes confianza. Algo me hace pensar que no, que no puede ser normal. No debiese.
—Te ves hermosa. —una sonrisa ladeada es lo que me llevo por parte de Patrick.
—Muchas gracias. —acorto distancias y beso sus labios.
Él como respuesta rodea mi cintura y pega su cuerpo al mío.
—Voy a provocar mucha envidia esta noche. —musita sobre mis labios.
—Tú no te quedas atrás.
Mueve la cabeza de izquierda a derecha hasta que sus manos son las que se mueven por mi espalda en sentido descendente. Doy un respingo y Patrick sonríe. Yo hago lo mismo. Cuando sus dedos sostienen mis glúteos para presionarlos, ahogo un jadeo y cierro los ojos. Ahora es mucho más calmo que en otras oportunidades, y es por ello que también me dejo hacer. Parece disfrutarlo porque no tarda en hacerse bajo la tela y acariciar mi trasero en lentas maniobras, tanteando el terreno y averiguando qué es lo que llevo puesto.
—Hm...bragas. —parece impresionado, pero solo bromea—. Si no tuviésemos una reservación hecha, preferiría quedarme contigo durante toda la noche. —baja sus labios hasta mi cuello y esparce generosos besos.
—Patrick… —ronroneo en un murmullo suave, tanto que no puedo aguantar por mucho tiempo el gemido que le acompaña—. Tenemos que salir…
—Quizás ahora no tengo muchas ganas de ir… —alza sus hombros, despreocupado.
—Vamos...es una noche especial…
A regañadientes, me separa de su cuerpo y me dedica un azote en el trasero que me hace perder la respiración. Es un toque suave con apenas algunos dedos, y aún no descubro si me gusta o me disgusta.
—Solo porque hace mucho tiempo que no salimos. —advierte con el índice en el aire—. Cenaremos y luego vendremos a disfrutar.
Miro hacia arriba con toque divertido.
—Está bien.
Murmuro, aunque no estoy tan convencida.
El lugar donde vamos es más elegante que cualquier otro donde hayamos ido durante nuestra luna de miel. Y vaya que lo fue si pasamos unas tres semanas en Dubai, todo gracias a un regalo de sus padres y los ahorros de ambos. Yo hubiese preferido algo más calmado como Roma o Francia, lugares donde el romanticismo se vive veinticuatro siete, pero mi en ese entonces prometido, quería ir a una parte donde no cualquiera pudiese darse el lujo de ir. Creo que en nuestro álbum de fotos solo hay imágenes de la arquitectura y los autos deportivos abandonados. De nosotros casi ninguna.
Tomamos asiento en una esquina del lugar, que tiene unos espejos inmensos que hacen de pared y donde se refleja toda la estancia. Tiene muchas lámparas y todo se ve demasiado impoluto, tanto así que hasta tomar la copa se me hace todo un problema. Qué decir de los cubiertos, que por cierto son miles y reconozco a la perfección, por suerte. Todas las personas alrededor nuestro visten de manera elegante y si no fuese porque sé que me veo increíble, correría a una tienda de disfraces para ponerme uno largo y ajustado al cuerpo, como de Hollywood. Es un milagro que Patrick entienda que ese tipo de vestimenta no es mi estilo y que me gusta vestir bien, a la moda pero sin exageraciones. Y no como las mujeres que nos observan como si fuésemos bichos raros. Él también suele ser muy normal en su manera de vestir. No pensarías que se trata de un doctor cirujano estético que tiene a medio New York a sus pies y otras partes del mundo también, pero sí creerías que es como un abogado o un profesor universitario. La elegancia es lo suyo, pero no el extremo en el que se encuentran todos por aquí.
—¿Te ha gustado? —Patrick dirige su mirada hacia mí.
—Está hermoso. Me ha fascinado. Siempre he dicho que tienes un excelente gusto y no cambiaré de parecer.
—Tengo un buen gusto, claro está. —un brillo aparece en sus ojos—. Te tengo a ti.
Por extraño que parezca, sus palabras no me hacen sentir bien. Puede resultar una frase tan romántica que ahora mismo cualquier mujer estaría dispuesta a retribuir esas palabras con muestras de cariño públicas, incluso sexuales si se quiere jugar un poco, pero en este momento no me nace decirle nada. Después de tantos años de casados y más con la manera que tiene Patrick de demostrar su “cariño” hacia mí, diría que me parece una bofetada en la cara por decir menos. Siento que si bien su intención es hacer ver que es un hombre afortunado por estar conmigo, o eso es lo que se infiere, también hay una cierta parte de egocentrismo de su parte dando vueltas en aquella oración. En definitiva, me está haciendo parte de un cúmulo de cosas materiales. Y no me gusta como suena.
—Tus clientas deben estar encantadas con tu trabajo. —intento no sonar disgustada cuando cambio el tema.
—¡Claro! Hay mujeres que realmente tienen problemas serios que solucionar. —juega con la copa en su mano.
—¿Qué tipo de problemas ves?
No creo que antes me haya preocupado por saber sobre su trabajo, pero sigo estando en un jodido trance y no creo poder reaccionar durante lo que resta de la noche. Lo de hoy en la mañana con Alessandro me ha dejado en una esfera aparte, una donde Patrick no calza.
Apoyo un brazo en la mesa y dejo mi barbilla descansar en la palma.
—Muchas mujeres quieren arreglar sus pechos, alzarlos o ponerse más. Otras quieren hacerse liposucciones y hasta sacarse costillas.
—¿Sacarse costillas? —frunzo el ceño. No hubiese creído jamás en eso—. ¿Pero no es peligroso?
—Bueno...todas las operaciones tienen sus riesgos. Lo de las costillas lo es, porque protegen de los golpes. No todo el mundo puede hacerla factible. Además, hay que complementar con otros tratamientos y procedimientos para ver resultados concretos.
—Ah...ya veo. —hago una mueca de disgusto—. No podría imaginarme sin ellas.
—Pues a muchas mujeres les molesta no tener cintura y piensan que es la única solución. —responde alzando sus hombros.
—¿Y has sido responsable de alguna intervención así?
Parece meditarlo con recelo y eso me pone los vellos de punta. ¿Acaso es tan difícil decir sí o no? Lo peor es que la segunda ya no es una opción si lo piensa tanto. Juega con la copa entre sus dedos y posterior y eso gesticula una mueca con sus labios. Tiene unos labios delgados y suaves. Demasiado.
—Una vez. —dice al cabo de unos instantes—. Pero era por un tema más médico que estético. La mujer en cuestión tenía las costillas más largas de lo normal, por ende le estaba dañando el interior, los músculos, en otras palabras. —al fin se lleva el cristal a los labios y bebe una buena cantidad.
—Oh.
—Exactamente. —asiente, comprensivo con mi reacción—. Fue riesgosa pero por suerte todo salió a la perfección. Oye, Cass. —llama mi atención y yo le miro—. ¿No has pensado en hacerte algo?
Su poca sutilidad a la hora de conversar me hierve la sangre, tanto que esta se drena sin compasión en mis orejas y mejillas. Estoy avergonzada y ni siquiera sé por qué, pero también es una mezcla con tenue humillación y vejación, si es que hay posibilidad de unir ambas palabras para darle más potencia a mis emociones. No es la primera vez que Patrick me ofende de esa manera. No es sorpresa para mí que cada cierto tiempo esté intentando convencerme de hacerme “una cosita o dos”. ¿Su argumento? Que necesito adelantarme para cuando él ya no pueda seguir trabajando, algo para lo que queda aún una eternidad. ¿Lo que pienso yo? Que de forma lamentable las mujeres hemos hecho una mierda de las demás; si el marido de alguna trabaja como doctor, sobre todo en esta especialidad, es evidente que esperan a que te hagas algo. Es como si fuese una obligación el someterse a intervenciones quirúrgicas. Y mi esposo, desea hacerse una buena promoción por medio de su mujer. En todo caso, y por más que me intente persuadir al respecto, siempre diré que no. O al menos no por el momento, porque creo no necesitarlo.
Capítulo 11—¿Tal mal me veo? —intento que mi tono de voz suene divertido pero no llego a lograrlo.
No sé si disimular sea lo mismo.
—Te ves increíble, Cass. —me observa unos segundos—. Aunque te haría pequeñas cosas. Arreglos.
Alzo las cejas y suspiro. Sí, sé que tengo unas pocas arrugas, tanto a los costados de la boca; que se marcan más al reírme, y en los ojos pero, ¿es necesario decirlo justo cuando se supone estamos celebrando y disfrutando como pareja?
Alzo los hombros y niego con la cabeza.
—No me halagues tanto, Patrick. —desvío la mirada de su visión para entretenerme con la copa.
Veo el líquido moverse tanto como maniobro la copa, hasta que decido tomarme todo el contenido sin siquiera detenerme a respirar. ¡Joder! Hace tanto tiempo que no me animaba a beber de esa manera y aunque sé que estoy en un restaurante cinco estrellas, rodeada de personas con buena educación y demás, ahora mismo me importa una reverenda mierda. ¡Mi esposo acaba de decirme que debería operarme! ¿Qué clase de bastardo es capaz de decirle eso a su mujer, a la que supuestamente ama? Es un completo hijo de puta y no dudo que por más que intente resarcir sus mierdas, lo consiga. Se le ve preocupado, con las cejas arqueadas y el entrecejo marcado en líneas que simulan las olas del mar. Me encantaría decirle por una maldita vez que debería intervenirse él mismo con algo de botox, a ver si le parece bonito que alguien le juzgue. Imbécil.
—No lo quise decir con esa intención, Cassandra… —suena apenado—. …es solo que sabes que en un par de años más será complicado el poder intervenir. Estoy adelantándome a los hechos.
—¿Con casi treinta años de anticipación? Estás demente.
—¿Por qué no? —se muestra ofendido, tanto que abre los ojos como dos huevos fritos—. He trabajado realmente duro por tener todo lo que he conseguido. Me merezco un buen retiro y con anticipación, como lo llamas.
Hago una mueca de disgusto, pese a que me sigo sintiendo fatal. Mi ego está por el suelo y no puedo evitar compadecerme de la manera lastimosa en la que está hablando. Hasta me dan ganas de darle un abrazo y un besito en la frente. ¡Pero qué ilusa! Patrick sabe muy bien cómo manejar la situación a total conveniencia, tanto así que puede dar vuelta una situación con mucha facilidad. De lo peor.
—Sé que has trabajado mucho. Igual que la mayoría de los humanos. —encojo los hombros con suavidad—. Y sé que quieres viajar y recorrer el mundo. Más. Y no dudo en que lo harás posible, pero por favor no me fuerces a ese tipo de cosas. —hablo de las cirugías—. Seguiré manteniendo mi postura.
—Está bien. —estira su brazo en mi dirección para tomarme de la mano y yo, acepto—. Solo quiero que estés feliz. —musita y posterior a eso deja un casto beso en mi mano.
—Gracias.
—No tienes que agradecerme nada. —una sonrisa sincera aparece en sus labios—. Sabes que te quiero, ¿verdad?
Su pregunta me deja estupefacta, contrariada y sin saber cómo responder. ¿En verdad sé que me quiere? Porque sus maneras de demostrarme cariño no son convencionales ni tampoco dignas de un hombre enamorado. Al menos yo jamás llegaría a hacerle daño o algo parecido. Ni con palabras, menos con acciones.
—Claro que lo sé, Patrick. —miento pero no logro mirarle a los ojos al momento de hacerlo.
Me sienta fatal hacer este tipo de cosas. Todo sea por aligerar el ambiente y no generar un problema innecesario. Justo hoy no quiero discutir, menos cuando ha sido una sorpresa que me haya invitado a comer. Hace meses que no lo hacíamos. Debo agradecerle a Agatha por su brillante idea de irse más temprano a casa, arrastrándonos a todos. De otra forma no sería posible que hoy esté aquí. Solo por eso, me quedo callada y finjo como nunca antes.
—Es bueno saberlo. —su sonrisa es amena y cálida. Hace mucho que no lo veía tan relajado—. ¿Hay algo más que desees comer?
Mi mirada viaja al platillo que ha estado al frente de mí durante todo este tiempo, sin darme cuenta antes de que ya lo he acabado. Su conversación y el asunto de las cirugías me hizo comer más rápido de lo normal, evitando así todo tipo de explicación más práctica y por ende, que mi estómago se cerrase. Con detenimiento pienso en algo más que pedir, pero mi estómago está feliz y satisfecho por esta noche. Niego y le presto atención. Patrick solo sonríe y alza la mano para llamar al muchacho que nos ha atendido antes, y una vez que está reunido con nosotros, le pide un café helado para él. Volvemos a estar solos poco después.
—Me gustaría que volviésemos a repetir esta noche. —comenta con toque distraído.
—¡Claro! Me encantaría. —estoy muy entusiasmada con la idea.
Bueno, dentro de lo posible lo estoy. No olvido, pero tampoco vivo de eso.
—Sí...ha estado bien.
—¿Bien? —mi sonrisa va desapareciendo poco a poco.
—¿No te lo parece a ti?
—Claro...bien.
La pequeña dosis de felicidad que me había proporcionado se esfuma de mi cuerpo como una fuga de gas. Es inmediata, rápida y eficaz. Siempre he apelado a que Patrick no fue un hombre criado bajo los cimientos del cariño y la preocupación por los demás; su padre era un hombre frío y déspota con los seres humanos a su alrededor y su madre era una mujer sumisa que pensaba que los golpes de su esposo significaban amor. Es una suerte, y es una lástima mencionarlo de esta forma, que jamás me haya levantado la mano en todos los años que tenemos juntos. Por un momento creí que podría hacerlo cambiar por completo y que pese a lo que aprendió en su infancia las cosas serían distintas. Me equivoqué del cielo a la tierra. No. Hasta el infierno.
Patrick gesticula algo en silencio porque no le entiendo. Acaricia el dorso de mi mano con sus dedos suaves pero varoniles cuando se da cuenta de que no he podido dar con el mensaje en código. Con su cuerpo se hace más cerca de la mesa y carga este por encima de la misma. Como respuesta yo lo imito.
—Cuando lleguemos a casa terminaremos lo que empezamos.
Al momento de escuchar lo que susurra cerca de mi oído no es una oleada cálida y placentera la que se instala en todo mi cuerpo. Al contrario de lo que es de esperarse, me provoca miedo, terror. Su forma de ver el sexo no es la misma que tengo yo para describirlo, por ello es que no puedo decir que he disfrutado en totalidad de dicha instancia. Con decir que la mayoría de mis orgasmos son ficticios al igual que mis gemidos. Si se da cuenta parece no dar indicio de ello, pero creo que me he transformado en una excelente actriz si en verdad no lo ha notado.
Fuerzo una sonrisa que alza las comisuras de mis labios hasta que los pómulos se marcan.
—Sé que estás tan deseosa como yo. —alza una de sus cejas y la arquea, en un gesto que intenta ser provocador.
Al alejarse sus marcadas facciones y la forma en que sus labios celebran sus palabras es digno de dos cosas; de admirar y de aberrar al mismo tiempo. Es un hombre que maneja una comodidad innata, igual que Alessandro pero que sin embargo no me causa otra cosa más que molestia y nervios. Sí, la idea de que mi esposo me proponga tener relaciones sexuales con él después de la cena es algo que me eriza la piel, y no en un buen sentido. Si pudiese, fingiría un terrible dolor de cabeza o mareo por las copas de vino que hemos bebido, pero Patrick me conoce a la perfección. Sabe que no he bebido nada y por ende, es casi imposible que esté en esas condiciones. La idea me deprime un poco pero pretendo no hacerlo notar frente a él.
Permito que tome mi mano y que sus dedos rocen la parte interna de mi muñeca, justo donde los tendones se marcan ante la presión generada. Ahí me provoca un cosquilleo que repercute en mi espina dorsal y por ello me encorvo un poco. Su reacción es todo un poema ya que parece disfrutarlo sin siquiera comprender el real sentido que tienen mis acciones. Es un pésimo lector e interpretador de mujeres. Eso es algo que no dudo en absoluto.
El camino de vuelta a casa está lleno de provocaciones, unas menos sutiles que otras y unas pocas más descaradas, pero en conclusión es un trayecto tranquilo y sin mayores problemas. Patrick de vez en cuando apoya la mano derecha sobre mi rodilla y sube el vestido hasta mi muslo en dirección a mis bragas y vuelve por la cara interna al comienzo. No sé cómo puede tener la calma para conducir y para estar haciendo este tipo de cosas como todo un experto. Si sospechara que me está engañando podría comprenderlo, pero no, no las tengo. Y en ese aspecto tengo que defenderlo a brazo torcido. Nunca lo he sorprendido en nada extraño, ni tampoco llegando tarde del trabajo. Menos pensar en encontrar el recibo de algún motel o algún restaurante en día de trabajo. Jamás, y frente a eso no tengo mucho por hacer. Una diminuta y egoísta parte de mi mente quisiera haberlo visto haciendo algo malo alguna vez para así recriminarle y hacerlo sentir igual de pisoteado que cuando habla de cirugías.
Así es como llegamos a nuestro para nada humilde hogar a eso de la medianoche y con la música de Nirvana sonando en la radio a un volumen perceptible pero bajo, todo para no molestar a los vecinos. El motor deja de rugir cuando Patrick estaciona y yo como respuesta, aflojo el cinturón de seguridad para quitármelo y así poder bajarme. Soy yo la que lo hace por su propia cuenta y le espera a un costado del auto. No tarda en ponerse al frente mío y pegar mi espalda contra la puerta.
—¿Tienes frío? —sus manos viajan a mi cintura y se aferra a ella con seguridad.
—Un poco, pero estoy bien. —le miro a los ojos y sonrío de medio lado. Estoy nerviosa.
—Puedo calentarte si quieres…
—Puede vernos alguien… —poso mis manos en sus hombros, los que masajeo con cautela.
—¿No es eso más excitante? —alza una de sus cejas.
Capítulo 12Cierro los ojos cuando sus labios se hacen en mi cuello con caricias calientes y húmedas mientras su lengua sale a formar parte del juego. Es un músculo ágil y rápido porque ante cada lamida deja un rastro de electrizante necesidad que aumenta al momento en que también con sus rodillas me separa las piernas y baja una mano, la zurda, hasta mi muslo erizado y frío. Abro los ojos de golpe.
—Patrick… —mi voz es apenas un susurro. Tengo la boca seca.
—¿Qué pasa, Cassandra? —tiene una voz mucho más grave que en otras oportunidades—. Nadie nos está mirando, tranquila…
Efectúa un camino ascendente por la parte interna de mi muslo hasta que con el índice roza el centro de mi sexo y mueve la yema en lo que parecieran ser círculos, una evidente provocación a la que por más que pueda no puedo resistirme. Mi cuerpo empieza a temblar de inmediato y pese a que coloco la mano alrededor de su muñeca para que se detenga, al final termino cediendo ante la situación. No por gusto. No por simple rendición. No sé calificarlo. Relamo mis labios y doy largas inspiraciones por la nariz, cosa que parece delatarme y provocarlo más al darle un significado del todo distinto, porque corre a un costado mis bragas y el contacto frío de su piel me causa escalofríos. Muestra una sonrisa lobezna y no se detiene en su misión, al contrario, disfruta mi humedad, una que no he podido controlar en absoluto, pero que a él le facilita mucho las cosas. Aprovecha para meter dos dedos en mi interior y moverlos con demasiada rapidez, algo que me sobresalta de inmediato y me insta a enterrarle las uñas en el brazo.
—Shh...no hagas nada. —Patrick vuelve a iniciar un monólogo que no soy capaz de cortar—. Eso...—susurra con gusto cuando relajo la presión en mis dedos y la fuerza disminuye—. Me pone tanto cuando te pones así. ¿Te gusta?
Frunzo el ceño, escandalizada. Le miro a los ojos pero no hallo mucho donde apelar. Él no deja la tortura en mi interior, es más, en el momento en que no soy capaz de responder dobla sus dedos y los arrastra con bestialidad. No era un momento placentero hasta hace cinco minutos, y ahora se ha transformado en un suplicio.
—Responde. —su tono de voz es autoritario y la sonrisa se ha borrado de su rostro.
—Yo...—busco palabras para hilar oraciones pero me es imposible.
—Contesta, Cassandra. —me da un azote en el trasero que me hace saltar.
En el plano sexual, tengo que admitir que soy toda una mojigata. Jamás hemos salido de lo convencional, o sea, estar en la cama, intimar unos minutos y terminar acostados para descansar y volver a la rutina de todos los días. Patrick nunca tuvo intenciones de probar cosas nuevas conmigo, menos de siquiera tantear el terreno para ver mi reacción, así que creí que el deseo no era algo que sintiese por mí, menos pasión a la hora de la intimidad. Por ende, que reaccione de esta manera, en un lugar público, me hace sospechar un poco lo que pasa por su mente. No estoy acostumbrada a vivir el sexo de una manera tan abierta y espontánea.
Me sorprende cuando me sostiene por el brazo izquierdo y me arrastra por el camino de la entrada hasta la puerta y me mantiene ahí, con la cabeza pegada al cemento gracias a su mano que se cierra alrededor de mi cuello y que me imposibilita moverme. Escucho el ruido de las llaves, seguramente Patrick buscando cuál es la correcta para poder meterla en el cerrojo, y al conseguirlo unos minutos después, me lanza hasta el interior. Todo está oscuro y apenas puedo distinguir los muebles. Si no fuese porque conozco el recorrido a la perfección, ya me hubiese dado con el arrimo en el costado derecho, donde hay fotografías y un florero con unas preciosas margaritas. El corazón me está latiendo a mil por hora. Las manos me tiemblan sin que las logre controlar ni menos calmar la ansiedad que siento.
Ahora no estoy excitada. Estoy asustada.
—¿Dónde lo quieres hacer?
Acompaña sus palabras con unas manos que me abrazan por atrás y se toman un descanso sobre mis pechos cubiertos por el vestido y el sujetador, pero aún así la sensibilidad en mis pezones es suficiente para que cada roce me haga estremecer. Tengo una mezcla de sensaciones y no soy capaz de expresar con claridad lo que esto me produce. Primero, sé que es mi esposo y que de alguna forma u otra el sexo debe ser parte de nuestra vida, pero no me siento cómoda con su forma de abordarme. Y por ende, como segunda cosa, a veces me gustaría alejarme un tiempo de Patrick y su extraña manera de querer; menciona que debería operarme algunas cosas y que así sería “perfecta”, dormimos a diferentes lados de la cama y casi ni nos hablamos antes de apagar la luz, pero cuando se trata del ámbito sexual, es como si se transformara. Más que sentirme deseada, me siento utilizada. Igual que una muñeca inflable, a la que recurren cuando están tan estresados o solos que no les queda más opción que descargar su deseo con una cosa inanimada. Así es como me siento cuando estoy abajo de Patrick, porque esa es la posición en la que la mayoría del tiempo me encuentro. Y no es por gusto, para nada. Solo es porque a él se le hace mejor.
—Patrick… no… —intento zafarme de su agarre pero sus manos presionan con fuerza mi pecho, tanto que me encojo del dolor que me causa.
—Quédate quieta, Cass. —su advertencia es tan evidente que pronto se retracta y sube una mano a mi cabello. Lo acaricia con sumo cuidado—. Desde que te vi bajar la escalera con ese vestido me pusiste caliente...no puedes dejarme con las ganas ahora.
Su tono de voz es lastimero y suave, como si estuviera elevando una plegaria al cielo. La idea de mezclar esto con un asunto religioso me causa náuseas pero consigo tragar saliva y eliminar esos pensamientos que no tienen nada de bueno para mí. A veces puede comportarse como todo un caballero y posterior a eso un velo negro le tiñe los ojos y parece perder cualquier tipo de racionalidad. Y no, no es que me esté haciendo la santa ni mucho menos la inocente, pero ahora, con esa fuerza desmedida que usa para tomarme, para forzarme, me dice que el amor no es una palabra que exista para nosotros. Y yo, después de tantos años creyendo que estaba metida en un cuento de hadas, me acabo de dar contra el suelo sin siquiera poder apoyar las manos para amortiguar la caída. Reacciono ante la realidad que tengo ante mí y me aparto con la fuerza que no había encontrado en otras oportunidades y me giro en su dirección.
Necesito amor y comprensión, no sexo y bestialidad a partes desiguales. Y Patrick no me está entregando las dos primeras cosas. No es la concepción que tenía del matrimonio, menos de las relaciones.
—No...no...sucederá nada entre nosotros. —susurro con un toque confiado, algo que parece algo insulso. La voz me tiembla.
Su respuesta es enarcar una ceja y mantenerse de pie en el mismo lugar de antes. Esto no le está gustando en absoluto y yo, por primera vez en la vida me estoy enfrentando a él. Bueno, enfrentando no, pero sí dejándole bien en claro que no deseo estar con él.
—¿Qué es lo que has dicho?
Ahora soy yo la que se muestra confundida. ¿No me ha escuchado? Debe ser una jodida broma. Esta vez respiro hondo y me armo de valor. Presiono las manos y me entierro las uñas en las palmas. Este es el momento en el que puedo terminar cualquier cosa de la que llegue a arrepentirme después si no pongo un alto.
—He dicho que no tendremos sexo, Patrick. No tengo ganas.
—¿Que no tienes ganas? Pero si has estado toda la noche provocándome. —cruza los brazos a la altura de sus costillas. No parece contento con mi respuesta.
¿Yo, provocándole? Intento retroceder en el tiempo hasta el momento en que salimos de casa y lo único que veo es a él intentando calentarme con métodos poco ortodoxos y nada cercanos a lo que a mí me gustaría. Y yo, por otro lado, aguantando los tratos y fingiendo estar contenta. ¿Eso acaso es provocar?
No alcanzo a responder a su acusación porque una mano me quita las palabras de la boca con un solo golpe. El ruido en el oído me impide escuchar el entorno y tengo que cerrar los ojos para no marearme y perder el equilibrio. Es la primera vez que Patrick hace esto y la mezcla del shock y el miedo no me dejan reaccionar con propiedad. Ha sido un golpe certero, por más irónico que suene que yo lo diga, y hasta cierto punto me abre los ojos y me da la posibilidad de pensar cosas que antes no habían pasado por mi cabeza. La primera de ellas es por qué tuvo que llegar a esto cuando en todos los años juntos nunca me alzó una mano. Ni siquiera la voz. Siempre se había comportado como todo un caballero. Y es evidente que ahora no es el mejor momento para conversar. Su mirada me dice que hoy no será la oportunidad para hacerlo.
En mi perplejidad y poca conexión con mi cuerpo, mi esposo aprovecha la oportunidad para sostenerme por los hombros y empujarme contra la pared. Las fotografías se caen a un costado y la mesa pierde su posición habitual. Todo pasa demasiado rápido y no soy capaz de defenderme, menos cuando su lengua se hace en el interior de mi boca con ímpetu y brusquedad. Intento mover la cara hacia un costado pero sus filosos y decididos dedos en la mandíbula me imposibilitan arrancar de su tacto. Mis ganas de vomitar van en completo incremento. Tengo que respirar por la nariz para eliminar dichos pensamientos.
—Harás lo que yo quiera, Cassandra.
Patrick susurra en mi oído mientras que sus manos trabajan en bajar mis bragas. En el mismo proceso estoy yo, pero intentando subirlas. Como es una lucha que ninguno puede ganar por el momento, termina por romperlas por los costados y dejarlas caer al suelo, al igual que mi dignidad. Cuando su mirada se encuentra con la mía puedo darme cuenta de que sus intenciones están más que lejanas a ser románticas; me provoca miedo y desesperación por saber qué es lo que sucederá a continuación. Y no tardo mucho en darme cuenta lo que seguirá.
Lo siguiente es darme la vuelta y pegarme la mejilla contra el frío revestimiento de la pared. Ahí me presiona la cabeza con la palma de la mano. Un escalofrío me recorre el cuerpo, uno lleno de tenebrosos pensamientos y la desesperada idea de que creo que Patrick está pronto a abusar de mí. Siendo mi esposo. ¿Acaso podría resultar peor esta noche? Qué ilusa al creer que en algún momento podríamos volver a comportarnos como dos adolescentes enamorados, igual que en los viejos tiempos.
—Tranquila… —la fuerza en su voz no se traduce en excitación. Al contrario. Ahora baja el cierre de mi vestido—. Te voy a follar como un animal. —masculla entre respiraciones entrecortadas y movimientos de su pelvis.
—Patrick… —mi voz suena como un suave susurro, un grito ahogado y quebrado que no alcanza a escucharse. Mis ojos escuecen. Humillada, los cierro.
Mientras menos vea, mejor. Si me concentro en otra cosa es probable que el dolor y el asco no sean tan tácitos, tan tangibles. La primera imagen que se me viene a la cabeza, mientras él recorre mi cuerpo con sus manos y tira del vestido hacia abajo, es el primer momento en que le conocí. En esa sonrisa cautivadora y en todas las sorpresas que me preparaba mientras yo estaba en clases para así conquistarme. Para ese entonces yo ya no estaba con Alessandro, así que podía dejarme cortejar con libertad. Ahora sus manos acarician mis pechos por sobre el sujetador mientras las mangas del apretado atuendo que utilicé durante la cena me amarra los brazos sin poder librarme. Dejo las palmas sobre la pared y me aferro a otro recuerdo. No sé qué es lo que me está susurrando en el oído pero estoy segura de que no son ni flores ni corazones, son puñales que dañan mi percepción del amor. Ahí está otra vez Patrick y yo, ahora sentados en un parque y conversando de nuestra vida, de aquellas cosas que nos molestaban y lo que nos hacía feliz. Un primer acercamiento y un beso largo y apasionado. Pese a lo incómoda que estoy una sonrisa aparece en mis labios y se mantiene así, con las lágrimas corriendo por mis mejillas. Mi maquillaje se transformará de fabuloso a espantoso en unas cuantas horas más.
¿Será normal pensar en cosas agradables que incluyen a la persona que te obliga a salirte de la realidad?
—Cassandra...no seas aburrida… —con la punta de su pie me corre los tacones para que separe las piernas y así, inclinarme un poco más contra mi ahora único apoyo—. No será mucho tiempo. Lo prometo. Luego podrás ir a dormir.
Desabrocha mi sujetador y acaricia mi espalda con unas uñas que más que arañar me desgarran la piel a cada trazo que sus dedos marcan. Intento erguirme pero entierra las yemas de tres dedos en mi espina dorsal. El dolor me hace agachar la cabeza y jadear por el pinchazo que ha viajado por todas mis terminaciones nerviosas. No conforme con esto mete las manos por debajo de mis brazos y alcanza mis pechos, los que amasa con bestialidad al igual que mis pezones. El índice y el pulgar son las pinzas artesanales que ha creado para endurecerlos y tirar de ellos sin preocuparse por el malestar que pueda generar en mí. Es más que evidente que no estoy disfrutando de esto, pero a Patrick no le importa. Lo único que busca en este instante es poder descargar su necesidad por enterrarse en algo, y ese algo soy yo. Una punzada en mi interior me hace dar un respingo y levantar mis pies hasta que solo quedan los dedos contra el suelo y mis manos apoyadas en la pared con las palmas extendidas. Su miembro está en mi interior y se mueve con rapidez y fuerza, tanto que mis paredes están irritadas y molestas con este visitante. Su pelvis choca contra mi trasero y me pega más contra la pared. No tengo manera de quitármelo de encima; su fuerza es descomunal contrapuesta a la mía.
—¿Ves como te gusta? ¿Eh? —apoya su frente en mi espalda y besa mi nuca—. ¡Joder, sí! Cassandra...cómo me pones…
De toda la oración hay algo que no logro comprender al cien por ciento, y es el asunto de que en apariencia, yo “le pongo”. No me estoy moviendo, ni tampoco estoy jadeando. Si eso para él es calentarlo entonces he estado equivocada todo este tiempo creyendo que para llegar a ese nivel de intimidad ambas partes tenían que poner de su parte. O es que mi esposo en realidad es una persona que hasta lo que no se mueve consigue excitarlo. No lo sé ni tampoco tengo cabeza para pensar al respecto. Menos cuando veo que las embestidas no cesan ni en continuidad ni tampoco en intensidad. Cada vez llega más profundo, más duro y con más fuerza. Y tampoco es que deje de hablar mientras me penetra.
—Estás tan estrecha… ¡oh, mierda! Ya casi voy a llegar, Cass…¡ya casi!
Capítulo 13Y antes de que termine la frase, eyacula en mi interior y se deja caer sobre mi cuerpo que apenas y se puede mantener solo. Las piernas me tiemblan, mi corazón está latiendo a mil por hora y el estómago está revuelto y deseando eliminar toda la cena en cuestión de segundos. Escucho que Patrick gime y masculla maldiciones entre sus dientes, terminando por darme un azote en el trasero. Sale de mi interior y se acomoda los pantalones en su respectivo lugar.
—Me iré a dar una ducha. ¿Podrías preparar café? Estoy muerto.
Sin decir más ni tampoco esperando por una respuesta de mi parte, desaparece en la oscuridad. Lo único que escucho son sus zapatos golpeando los escalones hasta que el ruido cesa y me quedo completamente sola. Espero unos minutos antes de reincorporarme. Me subo la cremallera del vestido y recojo las bragas del suelo, que a estas alturas están inservibles y solo quedan bien en la basura. Por lo mismo las llevo hasta la cocina y las dejo caer con un deje de tristeza en mi rostro. Apoyo las manos en el filo de la encimera e intento mantenerme tranquila y que mi cuerpo recupere la compostura necesaria para seguir manteniendo esta mentira por quizás cuánto tiempo más. Preparo el agua en el hervidor y la pongo a calentar tal y como mi esposo ha pedido, y dejo una taza mediana sobre un platillo para que pueda servirse. Mientras él está ahí aprovecharé de intentar olvidar lo que ha sucedido. Después me iré a bañar. Evitaré todo contacto con mi cuerpo.
Un sonido apaciguado suena en medio de la soledad en la que estoy, sacándome de inmediato de mis pensamientos. Avanzo hasta la entrada e indago en la oscuridad el dueño del ahogado ruido. No recuerdo dónde quedó mi bolso pero logro dar con él y rebuscar en su interior hasta dar con mi teléfono. Tengo un mensaje que me pone el corazón a mil, y no precisamente de miedo. El destinatario me provoca una sonrisa alzada y natural, inocente y nerviosa al mismo tiempo. Me olvido de forma fugaz del terror que pasé hace un rato atrás. Lo leo y contesto a los pocos segundos.Alessandro:
Espero que todo esté yendo bien en tu vida, Cass.
Me tomé la libertad de escribirte porque algo me dijo que tú no lo harías.Al momento de abrir el mensaje e incluso yo ya sabiendo quién es, una imagen de Alessandro aparece en el círculo del costado izquierdo de WhatsApp. Eso me saca otra sonrisa y ya me estoy sintiendo como una completa estúpida por tener estos cambios de humor tan drásticos. Pero así es como él me hace sentir. Y no es para menos, no después de la conversación que tuvimos.
Cass:
He salido a cenar con Patrick.
Me quedo mirando el mensaje y como no me convence, lo borro y vuelvo a escribir.
Cass:
Sí, todo está bien. No pensé que me enviarías un mensaje.
Hasta me siento importante.
Alessandro:
¿Importante por qué?
Cass:
Porque debes tener muchas cosas por hacer y yo estoy molestando.
Alessandro:
Si yo te he escrito primero debería ser yo el que debe preguntar
si acaso no interrumpo algo.
Que sea tan preocupado por lo que pueda interrumpir o no me toca el corazón de una manera que no me había sucedido antes. Miro hacia arriba, suspiro y me encojo de hombros con tranquilidad, tal y como si él pudiese verme.
Cass:
No, no estás interrumpiendo algo.
Espero a que Patrick se termine de bañar para hacerlo yo.
Alessandro:
Pensé que lo harían juntos.
No sé por qué, pero eso me ha alegrado de sobremanera la noche.
Su respuesta me saca una estúpida sonrisa que no puedo contener. Por suerte Patrick no está presente o creería que estoy recordando lo que ha sucedido. No permito que las imágenes se repitan en mi cabeza. Vuelvo a mover los dedos para gesticular una respuesta a Alessandro.
Este es el momento de liberación que necesito. Una pausa de la vida que estoy llevando y que tampoco me atrevo a dejar. Sí.
Cass:
Alessandro, no digas estupideces
Alessandro:
Nunca he sido tan sincero como ahora, Cass. La sinceridad no debería incomodarte.
Y si lo hace, entonces permanezco callado.
Cass:
Me gustaría que por el momento no dijeras esas cosas.
Mejor cuéntame cómo estás.
Espero unos minutos y no hay respuesta, así que voy hasta la cocina donde el hervidor ya ha terminado el proceso de ebullición del agua, y le dejo a Patrick el café de tarro a un costado para que pueda servirse. Esta vez yo no lo haré por él.
—¡Cass! Ya está listo el baño por si quieres darte una ducha.
La voz de mi esposo me hace dar un respingo. Doy una rápida mirada al teléfono y veo el mensaje de Alessandro. Muerdo mis labios como acto reflejo y empiezo a subir los escalones mientras voy respondiendo.
—¡Gracias! Ya voy. —alzo la voz para que Patrick escuche.
Alessandro:
He estado trabajando la mayoría de la tarde.
Hasta hace poco llegué a casa y adivina qué.
Cass:
¿Qué?
Tengo mucho cuidado cuando estoy subiendo los peldaños y no es hasta que llego arriba que una nueva respuesta se hace presente.
Alessandro:
Encontré una foto de nosotros dos en la universidad.
Aquí te la mando.
El mensaje adjunto no tarda en hacerse presente y cuando lo aprieto, una imagen conmovedora se hace frente a mis ojos. Aparezco con Alessandro y ambos estamos mucho más jóvenes que antes, sonrientes y abrazados. Sostiene mi cintura y yo le tengo por el cuello. Suspiro y me apoyo en la muralla cerca de la habitación para escribirle antes de que Patrick me vea tan ensimismada en la jodida pantalla.
Cass:
Es una fotografía hermosa, Aless.
No puedo creer que todavía la tengas siquiera.
Alessandro:
¿Por qué no la tendría? Es un buen recuerdo.
El mejor que he tenido, sin duda.
—¿Te vas a bañar?
Patrick rompe el momento y por la mirada que le planto en ese momento, me mira con los ojos entornados y una mueca en los labios. Nunca me había molestado tanto que alguien se metiera en mis cosas, y no sé si es porque es Alessandro o porque necesitaba algo que me quitara de la cabeza el abuso al que acabo de ser sometida. Es hasta chocante verme pasando por dos estados de ánimo tan extremos en tan poco tiempo, pero admito que es el mejor cambio que he experimentado.
—Sí, ya casi voy. Es Agatha...me está contando de su cena. —busco la excusa más cercana a la realidad.
Parece conforme porque asiente y se pasa la toalla por el cabello para secarlo un poco, y yo me meto en el baño con la puerta cerrada.
Cass:
Muchas cosas han cambiado desde entonces…
Alessandro:
Hay cosas que no. Ya tengo que irme a descansar.
Mañana tengo una reunión muy temprano y necesito estar
en forma para no quedarme dormido en medio de la presentación.
Cass:
Gracias por la foto. Me ha traído muy buenos recuerdos.
Espero que te vaya bien mañana.
Alessandro:
Me alegra saber que te ha provocado algo.
Buenas noches, doncella.Dejo el teléfono a un costado, en el mueble donde hay un sinfín de productos tanto de belleza como medicamentos, y me empiezo a desvestir con cuidado. No tiro la ropa al suelo, al contrario, la pongo sobre la tapa del retrete y la doblo para luego poder transportarla con facilidad. Una vez desnuda me meto en la ducha y abro la llave del agua caliente. Dejo que se lleve los estragos de esta noche. La mayoría de ellos, menos los escalofríos que me provocó el mensaje de mi ex amor universitario. Pronto y entre pensamientos, me empiezo a lavar el cabello en suaves masajes para quitarme el smog de la ciudad y otras cosas que no describiré, y posterior a eso el cuerpo con una esponja y un jabón con olor a frambuesas.
—Cassandra, Cassandra…¿qué diablos vas a hacer ahora que Alessandro apareció? —cierro los ojos y paso la esponja con forma de frutilla por el cuello y las clavículas, bajando en dirección a mis pechos. Apenas puedo tocarlos ya que el dolor producto de las fuertes manos de Patrick han dejado rastros en mis músculos. Una mueca de dolor se forja en mis labios—. No tienes nada que pensar. Nada. Tu vida tiene que seguir igual que siempre sin importar si él apareció o no. —pongo los ojos en blanco—. ¡Eso es mentira! ¡Es obvio que me interesa que haya vuelto a mi vida! —al ver que alzo un poco la voz, pongo las manos en la boca y guardo silencio. No hay una respuesta del exterior así que asumo que sigo estando sola en el segundo piso. Suspiro con alivio—. Tienes que ser más cuidadosa. —me reprendo casi de inmediato, pero también ese lado más irónico se ha presente y río.
Cierro la llave y me envuelvo en dos toallas, una más grande que la otra, y con cuidado salgo de la ducha. Todo está nublado y caluroso gracias al agua caliente que he usado, lo que facilita que pueda secarme el cuerpo antes de salir a la habitación. Al hacerlo, la luz de la mesita de noche está encendida y la puerta está cerrada, además de que el sistema de calefacción está encendido y el ambiente es ameno y tibio. No me cuesta mucho comenzar a ponerme la ropa interior y posterior a eso el pijama y la bata color negro que me tapa hasta un poco más abajo de la rodilla. Ordeno todo y decido acostarme. Patrick se hace poco después con su taza de café a mi lado para mirarme a los ojos.
—¿Qué tal están las cosas en el trabajo?
Dejo la página del libro a medio leer y me giro para observarle. Alzo los hombros.
—Supongo que todo está bien.
—¿Supones?
—Hm… —asiento. Espero unos instantes en silencio, pero como no habla al final tengo que seguir conversando—. Ya sabes que me gusta mucho escribir, pero en este caso es solo hacer resúmenes y no poder dar mi opinión. Al comienzo pensé que sería algo más parecido a escribir columnas.
Su carcajada se abre paso entre el silencio en el que nos encontramos. Levanto una ceja y frunzo los labios en una fina línea. De lo sucedido, nada.
—Cassandra...tu trabajo anterior era totalmente diferente al de ahora, cariño. Solo tienes que resignarte a estar ahí.
—¿Te resignarías tú si no pudieses trabajar en lo que más te gusta hacer?
—Eso es distinto, Cass.
—¿Distinto por qué? —ahora empiezo a sonar más chillona de lo normal.
—Porque yo estoy haciendo lo que me gusta. Tengo mi propia clínica. —encoge sus hombros y se mete bajo las sábanas hasta dejar solo su mentón afuera—. Tienes que relajarte un poco. Estás muy histérica.
No sé en qué momento me giro en la cama para darle la espalda, pero lo que sí tengo muy consciente en mi retina, es que apago la luz de la mesa de noche y la habitación se vuelve penumbras y silencio. Ni siquiera puedo escuchar su respiración o una queja, por lo que supongo que mi reacción le ha tomado por sorpresa. Me pone de muy mal humor cuando veo que mis problemas, barra, frustraciones no están siendo consideradas ni tampoco tomadas en cuenta como me gustaría que fuese. Muchas veces me he visto en la misma situación pero es la primera en la que tomo cartas en el asunto. Sé que no vale la pena echárselo en cara y comenzar una discusión en la que es más que claro Patrick intentará mover a su propio beneficio para quedar como el hombre preocupado y que soy yo la que todo lo que escucha lo tergiversa. ¡Estoy tan aburrida de vivir así! Gracias a Dios he podido abrir los ojos y darme cuenta de que he estado viviendo en una completa mentira. Pasa por mi cabeza el buscar una especialista que nos ayude a llevar mejor este problema, pero en el fondo sería como mentirme en la cara. No tenemos nada, nada que hacer juntos. ¿Será que Alessandro es el responsable de mi esporádico espabilamiento? No sé qué tan bueno sea que la respuesta sea afirmativa, pero sí tengo muy claro que ha sido una gran ayuda. Y lo menos que deseo ahora es echarme hacia atrás. Estamos arruinados y no tenemos ninguna solución.
No es él, en teoría, son sus conversaciones. El tacto, la paciencia y el tiempo que pone al escuchar lo que ha provocado que esté midiéndolos a ambos en cada acción que se suscita.
—Buenas noches, Cassandra. Que descanses y que tengas un buen día. —su voz resuena en un susurro suave y cortado, expectante por mi próxima respuesta.
—Buenas noches, Patrick.
Noto que se remueve en la cama.
—Mañana tendré que irme temprano a una reunión, así que no estaré cuando despiertes…
—Está bien. Intenta no despertarme antes de que me toque hacerlo.
—¿No me dirás nada más?
Suena incómodo y hasta dolido por mi falta de preocupación, pero no tengo mucho que agregar. Al menos no de la forma a la que él le gustaría que fuese. Y es justo eso lo que me hace sentir un poco más superior en comparación a Patrick: es el hecho de que ya no estoy jugando bajo sus reglas.
Ante su respuesta suelto un suspiro y cierro los ojos. No. No tengo nada más que decirte, imbécil.
Ojalá lo hubiera hecho.
Capítulo 14—¿Qué más quieres que te diga?
—No lo sé, algo como por ejemplo que me cuide, que me abrigue. Que tenga un buen día y que te llame cuando pueda. —dice, y se tapa un poco más con las sábanas.
—Dijiste que tienes una reunión y por ende, me imagino que no tendrás tiempo para comunicarte conmigo. Lo acepto. —musito con los ojos cerrados por el cansancio.
Tengo muchas ganas de dormir ahora y no volver a conversar hasta la mañana siguiente, pero Patrick sigue su monólogo.
— ...y esperaba que entonces me dijeras algo como lo que sueles decirme cuando sabes que tendré un día complicado. ¿Me estás escuchando?
—Hm...sí, sí. Te estoy escuchando…
—¿Y no me vas a decir nada?
—Buenas noches, Patrick. Estoy cansada.
—¿Nada más aparte de eso?
No sigo oyendo lo que dice porque me fuerzo a apagar el interruptor del sentido de la audición y me enfrasco en un largo sueño que me deja inubicable hasta el otro día.
Cuando me despierto la cama a mi lado está vacía y un suave ambiente a perfume masculino se hace presente diciéndome que Patrick ya se ha ido. Las cortinas están cerradas y la puerta del baño también, lo que me hace concluir que se ha tomado el tiempo de cumplir con mi petición. He dormido bien a pesar del leve dolor entre mis piernas y el cansancio muscular de los muslos. Al menos mi día empieza tranquilo y sin nadie para conversar. No es lo que me apetecía en ese momento.
Como todos los días me doy una ducha, me lavo el cabello, me visto, seco las hebras de mi cabellera, me maquillo para ir a desayunar y después irme. Hoy me pongo una falda color gris y una camiseta manga larga con cuello color borgoña, acompañado de unas panties de color negro y unos zapatos del mismo tono de la falda. El cabello lo transformo en una trenza que lo agarra por completo y simula una corona, lo que facilita que este no se me vaya a los ojos. El maquillaje es sencillo como siempre, al igual que el abrigo que decido ponerme.
El desayuno consta de un té cargado, unas tostadas con mantequilla y un pocillo pequeño de frutas que para mi sorpresa, Patrick ha preparado. La mayoría del tiempo soy yo la que está pendiente de la comida mañanera, pero tal parece que mi forma de responder anoche ha generado una especie de reflexión en su subconsciente que le ha dicho que debe tener cuidado con cómo me trata. Me como todo en un santiamén y me pongo en camino al trabajo en un Uber que pido. Esta vez es un señor de unos cincuenta y tantos años y que me conversa mucho sobre sus hijos y sus ganas de unas vacaciones. Estamos a mitad de terminar el año y el pobre ya está pensando en tomarse unos días libres.
Agatha me agarra en medio de la entrada y me tira hacia un costado, donde unas cafeteras están listas para ser ocupadas, y me muestra una sonrisa que no logro comprender. No sé si está a punto de contarme algo o de interrogarme. El problema es que no tengo nada que contar.
—¿Qué pasa? —es lo primero que digo antes de que ella pueda inferir algo.
—Solo quería contarte algo que me enteré ayer… —no puede disimular su sonrisa—. ...es sobre Alessandro.
Por muy irónico que parezca, yo también me encuentro mostrando una suave sonrisa. Disimulo lo más pronto posible, por supuesto.
—¿Y qué fue lo que supiste?
—Al parecer estás muy contenta… —alza sus ojos y entrecierra estos. Mira hacia todos lados y luego fija su mirada en mí—. ...pero bien, te contaré.
Como le encanta alargar las situaciones hasta que ya no es posible, me arrastra al poner su mano sobre mi hombro y me lleva de vuelta hasta su oficina. Ni siquiera alcanzo a dejar el bolso en mi escritorio ya que Agatha me desvía de inmediato. Una vez dentro cierra tras de ella y me empuja hacia el interior. Quiere que tome asiento pero al contrario de su deseo, solo dejo el peso que traigo y me desprendo de la chaqueta. La calefacción ya está puesta así que no siento frío. Apoyo las palmas en el respaldo de la silla y le miro con las cejas alzadas. Ella toma asiento y junta las manos sobre la mesa.
—Espero que sea tan interesante como para hacerme esperar tanto. —suelto un suspiro.
—Resulta ser que Alessandro Hansen está recientemente soltero.
Si pudiera escupir lo haría, pero no tengo nada que soltar. Lo primero que hago es mostrar una clara mueca de sorpresa. No tenía ni la más mínima idea de que Alessandro podría estar involucrado con alguien. O bueno, sí, era demasiado de esperarse que semejante hombre tuviese miles de mujeres detrás suyo. Es atractivo a simple vista por lo que sería una estupidez creer que estaría soltero.
—Ah. —es todo lo que digo por el momento.
—Ah. —imita mi gesto, coloca los ojos en blanco y me mira—. Una chica bastante atractiva. Modelo.
No puedo disimular el evidente estado de celos en el que me encuentro.
—¿Por qué me estás diciendo todas esas cosas?
—Quería ver tu reacción. —mueve sus hombros como si nada y me muestra una sonrisa de medio lado que me hace odiarla—. Y he corroborado lo que pensaba.
—¡Qué cosas estás diciendo!
—¡Que te gusta Alessandro, Cass! No intentes disimularlo más. Es obvio.
Cuento hasta cinco, respiro hondo y vuelvo a mirarle.
—¿Entonces estás bromeando al respecto?
—Para tu pesadumbre, no. Mira.
Del interior de uno de sus cajones extrae un documento impreso que luego reconozco como la entrevista. Por la fecha puedo detectar que es desde hace unas semanas, casi un mes. Eso me devuelve el alma al cuerpo y es que si hay algo que no soportaría sería ser la tercera en discordia, la que provocase una ruptura. No se habla mucho de los detalles pero algunas fuentes estarían advirtiendo que ambos rostros vinculados al mundo de la moda tendrían que seguir trabajando juntos por una colección que está próxima a salir para unos meses más y que será develada en un importantísimo evento. La idea de imaginármelos juntos me pone los pelos de punta. Sobre todo la de Alessandro trabajando en su cuerpo, tocándola y elogiándola. Le devuelvo el papel pero como no lo recibe lo dejo encima de su escritorio y vuelvo tras la silla.
—No me interesa.
—Claro...por eso has leído todo lo que decía ahí. Acéptalo, Cass. Te gusta ese hombre.
—Es mi ex. Es obvio que esté un poco consternada con su aparición.
—¿Tan consternada estás que tuviste que Googlearlo mientras estabas trabajando ayer? —enarca una de sus cejas.
Lo está disfrutando como nunca. Lo peor, es que yo misma le di pie para que las cosas resultaran de esa manera.
—¡No lo estuve buscando en Google! —reclamo con una voz chillona.
Capítulo 15—¿No? —niego y ella mantiene sus ojos puestos en mí—. ¿No te acuerdas que tengo acceso a lo que ustedes hacen mientras trabajan? Bueno, es ilegal, pero ya sabes que contigo no tengo secretos. Y tú no deberías tenerlos conmigo. Somos amigas.
Sus palabras tienen sentido porque todas las empresas lo hacen, pero no significa que no me moleste que vulnere nuestra privacidad. Si no fuese mi amiga estoy segura que hoy mismo en la tarde estaría denunciando los hechos para que se hiciera algo al respecto. En todo caso, cabe destacar que no lo busqué tanto como quiere hacerlo ver. Fue un poco. Una cosa de minutos.
Un leve rubor rosa se tiñe en mis mejillas y le hace notar lo avergonzada que me encuentro. Muerdo mis labios y desvío la mirada.
—Cass… —llama mi atención pero yo no respondo—. ...en todo caso no tienes que sentirte mal por tener sentimientos por otra persona. Lo que sí, es que tienes que ser sincera.
—No tengo sentimientos por nadie, Agatha,
—Se nota a leguas que te gusta. Y no te pasa lo mismo con Patrick. —su tono de voz desciende unos cuantos decibeles por lo que cambia a un tono más serio y personal. Puedo ver que está ligeramente preocupada—. Quiero que sepas que cualquier cosa que necesites, aquí estoy. Somos amigas, puedes confiar en mí.
Igual que las palabras de una madre que siempre está ahí para apoyar y brindar consejos, Agatha me hace sentir de la misma manera. La mía está en Canadá desde hace años, y viene esporádicamente de visita para ver que todo esté en orden. De todas formas me hace falta.Y ahora más que nunca, puesto que es un tema que jamás pensé experimentar siquiera. Sin darme cuenta ya me estoy dejando caer en el sillón. Parece que en vez de venir al trabajo emprendo camino hacia la consulta de mi psicóloga personal.
—Sé que somos amigas, Agatha. Lo tengo muy claro desde que me vine a trabajar aquí. Y desde antes incluso. —muevo mis labios en una sonrisa pausada y contenta. Es la primera vez en más de quince horas que hago esto—. El problema es que no tengo nada que confesar o decir. Quiero decir, Alessandro me provocó algo, pero no puedo decir con certeza que me gusta o que siento algo del pasado. Es confuso.
Al parecer comprende mi postura porque sin esperar más información está asintiendo. Es maravilloso haberle contado mi confusión, de otra manera seguiría poniéndome presión para aceptar algo que no estoy segura de sentir. Y como ella dice, tenemos confianza.
—Pero de todas formas cambió un poco tu percepción, ¿no?
—¿Percepción?
—De la realidad.
—Digamos que me hizo pensar en el pasado, cuando estábamos juntos. —explico—. Pero lo que más llamó mi atención fue que estaba demasiado entusiasmado con la idea de volvernos a encontrar. Y no, no fue algo que yo creí ver en sus ojos; me lo dijo textual.
—¿Te dijo que le gustaba verte?
—Sí, eso es lo que dijo. Y sentí como un puñado de cosquillas en el estómago cuando lo escuché.
Muerdo mis labios con fuerza para no reírme pero no lo consigo. Agatha me mira con ternura.
—Hace mucho tiempo que no te veía así, querida. En el momento en que me contaste sobre él supe que algo sucedía. ¿Has pensado en separarte de Patrick?
—¿Separarme? No, no lo he pensado.
O al menos no porque apareció mi ex de la nada y me hizo sentir como si estuviera en la universidad otra vez. Mis motivos para alejarme del que ha sido mi esposo por años son totalmente diferentes de lo que yo misma hubiese imaginado. Ni en mis peores pesadillas me habría visto en esta situación. Si Agatha supiese lo que Patrick ha hecho, no solo me diría que me divorciara, sino que ella misma se encargaría de hundirlo en la mierda. Y no es porque me lo haya dicho, sino que porque la conozco a la perfección, y que a sus amigas le hagan daño no es algo que le guste. Es más, ¿a quién le gustaría que sucediese? Yo también reaccionaría de la misma manera.
Como no me ve convencida con lo que he dicho, suspira y mira hacia arriba en un paupérrimo esfuerzo por buscar paciencia en donde es claro no va a encontrarla.
—Quizás deberías contemplarlo como una posibilidad. —lo deja caer con sumo cuidado, tanto que me sorprende—. Y no es para promover una relación idealmente romántica y perfecta con Alessandro. Es por tu propio bien.
Las palabras empiezan a darme vueltas y vueltas en la cabeza, mareándome hasta el punto que me dejo caer en el escritorio y las manos me auxilian al sostener mi cabeza justo en el momento en el que pienso que desfalleceré.
—No sé si quiero divorciarme, Agatha. Hemos pasado tanto tiempo juntos que no sé si podré… —sueno poco entusiasmada por la idea.
Debo ser una de las peores mujeres no empoderadas de todo el mundo, pero pasar tanto tiempo con una persona de la que estabas enamorada es para replantearse la vida por completo. No se trata de estar con una persona para sentirse bien, para tener la felicidad que no tuviste ni mucho menos, pero cuando has planeado una vida al lado de alguien, tienes sueños y metas por cumplir junto a esa persona especial. Entonces de un momento a otro las cosas se van a la mierda.
Cierro los ojos con fuerza y poco después siento las lágrimas salir de estos gracias a unas generosas manos que me aprietan los hombros como símbolo de apoyo. Tener a Agatha en mi vida es casi una bendición pese a lo inquisidora que puede ser en algunas oportunidades. Si no fuese por su paciencia indómita, su amistad incondicional y esa verdad filosa y aguda, no sabría qué hacer.
—¿De qué es lo que tienes miedo, Cass? —habla desde atrás, aún manteniendo su posición.
—No sé si es miedo… —explico, porque es la verdad—. ...supongo que creo que mi vida está terminada.
—Suenas muy negativa, cielo. Y tú no eres así.
Se pone por el costado izquierdo y veo su rostro por el rabillo del ojo.
—Es porque así me siento. —muevo los hombros hacia arriba.
—Eres una mujer joven, atractiva e inteligente. Tienes un trabajo y no tienes hijos. Puedes mantenerte sola, Cassandra.
—De todas formas no me alcanza para vivir sola. No en un lugar que además me quede cerca del trabajo.
—Tienes un hermoso departamento frente a Central Park, ¿no?
Una amarga sonrisa aparece en mis labios cuando Agatha menciona el único patrimonio que podría tener hasta ahora. Y sí, tiene razón. Tengo un departamento inmenso en una de las calles más concurridas de la ciudad. ¿El problema? Que no puedo pagar el dividendo por mi cuenta así que por ende, lo arriendo. Ahora hay una pareja de hombres de unos treinta años que llevan siete meses en el lugar. Patrick no tiene idea de esto. Es el único secreto que le guardo, porque de otra manera jamás hubiésemos tenido un hogar juntos.
—Sí, está arrendado. —susurro.
—Quizás podríamos buscar otro lugar para tu arrendatario.
Capítulo 16—¿Crees que van a querer moverse cuando están cerca de todo? —no tiene ni para qué responderme ya que estoy negando con la cabeza.
—Al menos ya tengo claro que no quieres seguir con Patrick.
—Tengo que...pensarlo. —digo al fin.
Por ahora no me apetece decir más. A regañadientes se aparta de mi lado y se sienta en el borde del escritorio. Subo la mirada y nuestros ojos se encuentran de inmediato. No quiero mostrarme débil pero ahora no es el momento para intentar actuar. Tampoco tengo necesidad de hacerlo.
—¿Me dirás cualquier cosa que pase? —Agatha me sonríe de manera suave.
—Lo haré, en serio.
—Gracias por confiar en mí.
Un leve dolor en el pecho llega cuando menciona aquello. Si supiera que hay cosas que no me atrevo a contarle por culpa de mi vergüenza y por la reacción en cadena que pueda tener, seguro que no me hablaría nunca más. Y eso es lo que más me duele de todo. Agatha es increíble, pero a veces su personalidad avasalladora sobrepasa los límites de cualquier persona que se considere normal. A mí me supera en muchas oportunidades.
—No tienes que darme las gracias, A. Sabes que eres mi amiga y te quiero. —me seco las lágrimas con las yemas, lo que provoca en ella el mismo efecto.
—Lo sé… —su ternura me hace sonreír un poco. Toma una bocanada de aire y cambia de tema—. ...por cierto, hoy no tengo trabajo para ti, Cass O sea...hay, pero no creo que tengas cabeza para eso ahora.
—Hm… —sé que tiene razón así que tampoco intento llenarme de carga laboral. Además ayer avancé bastante en los archivos por revisar—. ...está bien. No haré nada por hoy.
—Perfecto. ¿Te irás a casa, entonces?
—Supongo, ya que no tengo nada que hacer aquí. —frunzo los labios y los muerdo—. Pero voy a pasar a buscar unos archivos y me los envío por correo, ¿te parece?
—¡Sabes que sí! Me imagino que desde casa podrás estar más tranquila…
—Yo también lo creo. —sin esperar más me pongo de pie, recojo mis cosas y me encamino hacia la puerta. Cuando llego al filo y tomo el pomo, me giro para verla—. Gracias.
—¿De qué, Cass?
—Por estar conmigo y aconsejarme.
Me sonríe y vuelve a sus quehaceres mientras que yo voy a mi escritorio, enciendo la pantalla del computador y el procesador, y me pongo a pensar en todo lo que hemos conversado dentro mientras el programa se carga. Por suerte no me toma demasiado tiempo o ya estaría permitiendo a mis emociones salir a flote. Respiro hondo y me mando los archivos de Word en los que he estado trabajando. Estaré en casa pero no significa que podré recostarme y no preocuparme por nada más. Ojalá fuese el caso, por cierto, pero mi lado obsesivo, ese que quiere todo en orden, me pide a gritos que le propicie de más trabajo.
Una vez tengo todo listo, recojo mis cosas y apago el computador. No es necesario que me despida de Agatha así que solo muevo la mano frente al vidrio que separa los espacios, y como por arte de magia, mi amiga alza la vista de la pantalla y me sonríe. Mueve la zurda en un aspaviento y yo asiento. Cuando llegue a casa lo primero que haré será llamarla para avisarle que todo está en orden y que por favor no se preocupe. Lo que menos quiero es que se llegue a armar un problema entre ellos por lo que hemos conversado.
Agatha puede llegar a ser peor que una madre si se lo propone de corazón. Y no dudo que en esta oportunidad las cosas se den como ella quiere. ¡Y eso no puede ser posible!
Mientras bajo en el ascensor me pongo a buscar un Uber que me lleve a casa, y me repito en más de una oportunidad que tengo que llamar al servicio automotriz para saber cuándo van a tener mi auto en condiciones. Lo necesito. Ya no me hace gracia estar llamando desconocidos para que me lleven.
La casa está vacía pero siento que hay miles de presencias rodeándome a cada paso que doy. No es una sensación que me provoque miedo, sino que al contrario, me invita a quedarme en medio de la habitación y dejar que su paz me relaje y me haga sentir mejor. Casi ni he pensado en lo sucedido con Patrick anoche y espero que las cosas se sigan manteniendo igual. Al menos mientras me pongo con el trabajo. No tengo tanto que avanzar pero hay una idea que me ha estado dando vueltas en la cabeza desde hace mucho tiempo, y justo hoy se ha hecho más latente frente a los últimos hechos.
Subo la escalera y me cambio de ropa; un pantalón ajustado de jeans y una camiseta manga larga color negro junto a un chaleco blanco. Y las infaltables pantuflas para descansar los pies. Paso hacia el lado derecho y me meto a la habitación que funciona como oficina; está lleno de libros y papeles, fotografías, premios de Patrick y algunas distinciones mías. Casi todo lo que está ahí es de él y mis pocas pertenencias, los libros, por ejemplo, están apilados a un rincón. El computador está sobre una mesa y pese a que puedo transportarlo prefiero quedarme aquí. Presiono el pequeño botón en la parte superior izquierda y observo cómo este empieza a cargar.
Tengo ganas de escribir mi vida, pero sin que nadie sepa que soy yo. Es más, me encantaría que se pudiese mantener en el anonimato todo el tiempo posible. Ni siquiera pretendo convertirme en un best seller o que me inviten a la televisión para hablar de esto, no. Lo que quiero es poder exteriorizar lo que por tanto tiempo he guardado y que ya no puedo callar más. Toda mi vida ha sido escribir, y cuando tuve la oportunidad de hacerlo de modo profesional, lo único que existía para mí era parafrasear y hacer comentarios sobre lo que otras personas decían. ¿Qué clase de vida es esa? ¡Ninguna que se quisiera tener cuando eres escritor! Necesito encontrar una forma en la que pueda escribir y escribir, sin límite de caracteres y sin problemas de lenguaje ni nada de eso. Lo único que tengo claro es que necesito liberarme. Sí.
Navego en Internet por un largo rato, en donde también tomo un descanso. Bajo y me preparo un té de rosas y vuelvo a leer, dando con diferentes páginas en las que podría dar a conocer mis relatos y que gente de diferentes partes me lea y comente. Al comienzo la idea de que alguien pueda llegar a opinar de mi vida no me gusta mucho, pero con el paso del tiempo el pensamiento de que otras personas se puedan llegar a sentir identificada conmigo brota un sentimiento de querer empezar ya. Pronto doy con una página que me deja editar desde el fondo y la letra, hasta cómo quiero que las personas vean el blog. Si en el periódico no puedo escribir sobre lo que me gusta este será mi descanso de la vida cotidiana. Mi espacio para desahogarme y quizás, hasta que otros se sientan acompañados. No espero mucho tiempo y me pongo a escribir. Ya tendré tiempo para crear un diseño novedoso y entretenido. Por mientras es de un rosa pálido e inocente con flores pequeñas. Amigable a la vista y femenino.
En varias oportunidades tengo que detenerme, leer de nuevo y hacer correcciones, y también buscar en una nueva pestaña más información sobre el tipo de violencia que sufro. Al principio me cuesta diferenciar y darme cuenta de que el obligarme a tener relaciones sexuales incluso si es mi esposo y yo no quiero, es abuso. En pocas palabras, una violación. Algunas lágrimas resbalan por mis mejillas y sin duda alguna dan cuenta que lo pensaba pero era necesario que alguien lo escribiera para aceptarlo. Y vaya que duele darse cuenta que tu esposo te utiliza solo por el valor sexual que le puedas aportar, y lo peor, es que en algunos comentarios de posts de este tipo hay mujeres que ponen que las que tenemos una vida sexual activa debiésemos sentirnos agradecidas por ser deseadas por nuestros esposos. ¿Qué clase de persona podría pensar eso? Supongo que las que llegan y hablan no tienen ni la menor idea de lo que significa estar siendo penetrada sin desearlo y sin sentir ni el más mínimo deseo sexual. Ojalá que tampoco lo pasen porque seguro que su pensamiento sería muy diferente de lo que creen. Anoto esa frase en un papel que tengo al costado, como un punteo de ideas que quiero mencionar en mi primera entrada, y complemento mi vivencia con algunos videos que me ayuden a usar un vocabulario más profesional. No olvido poner unos asteriscos al final para entregar el significado que tienen y que les sea más favorable la lectura. Así que la página sube y baja para así avanzar ambas partes por igual, quedando satisfecha cuando veo que ya he llegado a las cinco mil palabras en menos de dos horas. Es el texto más largo que he escrito en mucho tiempo y me siento orgullosa de haber sido capaz de lograrlo. Ni siquiera miré el teléfono mientras tanto y creo que por lo mismo es que he podido avanzar así. Sostengo el lápiz en la diestra mientras tipeo, tachando y agregando más temas en el papel que ya casi se me está haciendo pequeño.
Pronto mi teléfono empieza a sonar, pero no hago caso. Si es Patrick no quiero siquiera ver su nombre en la pantalla. Silencio, se escuchan mis dedos moviéndose por el teclado que ya me sé de memoria y donde solo observo la pantalla mientras este avanza, y vuelve a sonar. Mi reacción inmediata es poner los ojos en blanco y decir una palabrota: imbécil.
Miro de reojo y a lo lejos observo una “A” que me devuelve la esperanza de manera súbita. Dejo lo que estoy haciendo y sostengo en la mano el aparato que sigue sonando hasta que me despierto del ensueño y decido deslizar la yema.
—¿Hola? —intento no sonar entusiasmada pero es imposible.
No puedo resistirme a este hombre y sus encantos poco convencionales.
—Buenos días, Cassandra. Espero no estar interrumpiendo tu trabajo…
Al observar la hora veo que todavía sigue siendo demasiado temprano. He perdido la noción de la mañana por completo. Ni siquiera consulté la hora en la pantalla del computador para así concentrarme mejor. En el trabajo a veces le pego un post it para no mirarla muchas veces seguidas.
—No...no interrumpes nada. Estoy en casa… —explico. Me preocupo de guardar mi trabajo en caso de que algo suceda.
—¿Estás bien? ¿Enfermaste? —noto el tono preocupado de su voz.
¿Cómo no voy a sentirme atraída por semejante caballero? Ni siquiera una película podría retratar lo perfecto que es. Y lo sincero, porque fue una de las cualidades que más me gustó cuando le conocí.
—¡No! Estoy bien. —una risa pequeña sale de mi garganta—. Es solo que no había mucho trabajo y preferí devolverme a casa para estar tranquila.
—Oh, ya veo...qué suerte tienes. Ni siquiera yo puedo tomarme un día libre.
—Eso es porque eres el jodido jefe y tienes que ver que todo funcione con propiedad.
Capítulo 17—En parte tiene que ver con eso. —se toma unos segundos de silencio—. Oye, quería proponerte algo para hoy.
—¿Algo como qué? —frunzo el ceño.
—Quisiera que fuésemos a cenar. ¿Te parece?
—¿A...cenar?
—Sí, lo que escuchaste.
Aunque no puedo verlo, pese a que pudo haber sido una videollamada, logro sentir esas ansias y las ganas de que mi respuesta sea positiva. Eso me saca una sonrisa de medio lado pero la cubro con mi mano libre y no hago ningún ruido. Sería el colmo que me escuchara celebrar como adolescente..
—Me encantaría, Aless...pero Patrick… —me doy vueltas para negarme cuando lo único que quiero es decirle que sí.
De pronto una rápida imagen del destinatario de mi respuesta me deja con la boca seca, jadeante y expectante por averiguar qué hay debajo de ese traje caro y esa mirada imponente. Parece decepcionado porque suspira. Al parecer se había olvidado de mi compromiso con él. Y hasta me lamento por hacerlo yo también.
¡Cassandra, no!
—Hm...supuse que podrías salir sin que fuese necesario ir con él. —carraspea—. Y no estoy pensando en que aparezcas junto a tu esposo, Cassandra.
—No creo que a Patrick le gustaría recordar viejos momentos juntos, así que puedes estar tranquilo por eso. —oigo su risa y me tiemblan las piernas—. Gracias por la invitación, Alessandro. Muchas gracias en verdad. Me hubiese encantado poder decir que sí, pero…
—Pero estás casada y lo que menos quieres es tener problemas con tu perfecto esposo. Lo entendí.
Su respuesta me deja sin un contraataque claro; lo único que provoca en mí es que entrecierre los ojos y maldiga a todo el mundo por siempre ser tan correcta, por no saber lo que es disfrutar de algo sin sentirme culpable después. Sí, podría salir con Alessandro, cenar, reírnos y recordar momentos felices sin que sea una escena de infidelidad ni mucho menos. Patrick tiene sus amigas y a veces él también sale sin mí y no por eso significa que me está poniendo los cuernos…¿verdad? Miles de dudas siembran en mi cabeza y florecen en verdosas hojas que me tapan la vista. Es una completa mierda. O estoy siendo demasiado ingenua o es que estoy haciendo algo malo y no me doy cuenta.
—Yo...lo siento…
—¿Por qué siempre tienes que ser tan correcta y buena persona? Joder… —no estoy segura pero diría que está bebiendo algo, que espero no sea alcohol. No a esta hora—. ...eres perfecta. Ojalá mis relaciones posteriores hubiesen sido iguales a ti.
—La perfección no existe Alessandro.
—Lo dice la mujer de un cirujano plástico… —una risa irónica le sigue—. …¿él opina lo mismo que tú, querida?
—Por supuesto que no. —el tono de mi voz es suave, más de lo normal—. Por eso mismo está casado con una mujer a la que quiere operar de todas las cosas posibles.
Antes de poder darme cuenta estoy maldiciendo por haber sido tan obvia y dejarme llevar por mis emociones. Suspiro y entrecierro los ojos, con la esperanza de poder retroceder el tiempo atrás pero es imposible, Ya lo he dicho y Alessandro no pierde oportunidad para hacerme sentir mejor.
—¿Acaso ese hijo de puta te ha dicho que tienes que operarte? Cabrón insensible…
—Alessandro...no...es…
No me da tiempo a darle explicaciones. En verdad está molesto.
—¿No es, qué? ¿Acaso no es capaz de darse cuenta de la increíble mujer tiene a su lado? Porque solo un imbécil egocéntrico sería capaz de anteponer su profesionalismo por los sentimientos. Es un pedazo de mierda. —sentencia, haciendo que me aparezca una sonrisa.
A la mierda el blog. Tengo demasiadas ganas de hablar con este hombre y no quiero pensar en Patrick.
—No tengo ganas de hablar de eso, ¿está bien? Mejor dime cómo has estado.
—Hm...ahora que te escucho mucho mejor. Aunque me hubiese gustado que aceptaras mi invitación a cenar. Ahí estaría en un estado de felicidad óptimo.
—Eres un tonto. —río por lo ilógico de sus palabras. Tengo que admitir que me ha sacado los colores—. Me hubiese gustado también, Alessandro.
—Entonces acepta, Cass. ¿Qué tengo que hacer para que me digas que sí?
—No hay nada que puedas hacer para cambiar mi opinión.
—Entiendo…¿estás muy enamorada de Patrick?
Su pregunta me saca de juego, tanto que pestañeo en varias oportunidades. Quizás es una forma de comprender que no puedo escapar de la respuesta. Ni de mis sentimientos. Pero no es que estuviese esperando esa interrogante para sincerarme con el que fue una persona importante en mi vida. Por supuesto que no podría por la sencilla razón de que tengo miedo de las consecuencias que esto pueda tener en nosotros. En los tres, porque pese a que Patrick no es el tipo de hombre que creí que era, no se merece que yo le mienta, menos que lo engañe. A mi parecer y frente a cualquier problema que tengamos como pareja, para mí sigue siendo un hombre intachable y bondadoso. Yo no puedo ser menos que él.
No quiero responderle a Alessandro, y pienso durante segundos que me parecen minutos e incluso horas, qué es lo que puedo hacer para distraer su atención. Nada aparece en mi mente hasta que haciendo un poco más de memoria, doy con la información que necesito para descolocarle. Algo que supe en la mañana, muy temprano, y a manos de una hoja impresa y unos labios inquisitivos. ¡Touché! Ya sé qué es lo que tengo que decirle. No tardo en volver a la comunicación.
—¿Qué pasó con tu novia, Alessandro? ¿Es una de tus modelos?
Silencio. Escucho mi saliva cuando desciende por la garganta y su respiración del otro lado.
—¿Quién te dijo eso?
Me sorprende que me tome como una neandertal solo porque trabajo en un periódico que tiene la etiqueta de “serio” por todas partes. Pongo los ojos en blanco con ofuscación.
—¿Importa quién me lo dijo? No te veo negándolo.
—¿Estás celosa?
Sin que esos imponentes ojos azules me miren a los ojos, las mejillas se me ponen rojas y lo sé por el calor que se siente en ellas como si un incendio se estuviera desatando en mi piel. Tengo que poner el dorso de mi mano derecha para intentar calmarme.
—No. ¿Por qué estaría celosa?
—Porque te gusto. Por eso.
Abro la boca pero no pronuncio ninguna palabra. Nunca había sido tan directo como en este instante y yo, ahora intimidada por lo que está sucediendo, gesticulo un bufido.
—¡Claro que no me gustas! Ahora responde mi pregunta.
—Que intentes negarlo no soluciona la situación. —suelta una carcajada—. Ni tampoco me deja tranquilo.
—¿Por qué tendrías que estarlo?
—Porque significa que me importa una mierda que estés casada. Por eso.